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Editorial: Ni uno más, ni uno menos

El dilema en el que se debate Fuerza Popular es síntoma de una carencia de criterios doctrinarios o siquiera programáticos.

Editorial

Keiko-Kenji

El intercambio de calificativos entre los congresistas afines a Keiko Fujimori y el grupo más cercano a Kenji Fujimori se ha intensificado durante la semana. (Foto: Archivo El Comercio).

Desplazado apenas por la llegada del Papa, el conflicto que se vive dentro de Fuerza Popular (FP) sigue siendo una de las materias más noticiosas en el país. En la medida en que hablamos de la principal fuerza en el Congreso y quizás también por las dramáticas circunstancias que rodean la disputa, la prensa tiende a ocuparse insistentemente de ella. Pero cabe preguntarse por la real trascendencia política de lo que está en juego en esa confrontación.

A juzgar por los últimos episodios que hemos conocido, se diría que el dilema en el que FP se debate en estos días se mueve entre los extremos de si algún miembro más de la bancada se pasa al bloque kenjista y si este debe ser parcial o totalmente expulsado de la organización por el mayoritario sector keikista.

Desde luego, eso es lo que sugieren el fallido anuncio de la incorporación de Federico Pariona al grupo de los autodenominados ‘avengers’, por un lado, y, por otro, la advertencia de la congresista Maritza García – visible integrante de ese conglomerado– de que, si en el proceso disciplinario que ella y sus nueve cuestionados colegas tienen en marcha, “expulsan a uno, expulsan a todos”. “Ni uno más”, parecen decirles los keikistas a los kenjistas; y “Ni uno menos”, parecen responder estos a su turno.

Vale la pena, sin embargo, profundizar en los cargos que cada uno de los sectores enfrentados le enrostra al otro para poder responder a la pregunta sobre la trascendencia del conflicto que planteábamos líneas arriba.

¿Qué es lo que el sector nucleado en torno a la ex candidata presidencial del partido les atribuye a los diez legisladores que votaron en abstención la moción de vacancia presidencial ventilada el 21 de diciembre pasado en el Parlamento? Pues “pactar con la corrupción” (Héctor Becerril), “estar retrocediendo hacia los años 90” al anteponer una vocación caudillista a la institucionalidad del partido (Daniel Salaverry) y “llevar la política hacia un lado caricaturesco” (Úrsula Letona).

¿Y qué les recriminan los kenjistas a quienes buscan sancionarlos? Pues, ser hipócritas y cultivar una “doble moral” con respecto a la libertad del ex presidente Fujimori (Maritza García), “no respetar la democracia” interna y poner el proceso disciplinario que se les sigue en manos de congresistas que tienen denuncias judiciales o investigaciones abiertas en la Comisión de Ética (Bienvenido Ramírez) y “atentar contra la gobernabilidad del país” (Kenji Fujimori).

Todas, como se ve, imputaciones con una fuerte carga subjetiva. Y la mayoría, incluso, planteadas en lenguaje figurado. Porque si la mitad de ellas fuese cartesianamente verificable, cada uno de los bloques tendría que haberse separado del otro hace rato.

En el fondo, pues, lo que parecería existir es un pulseo por la definición de quién ejerce el poder dentro de FP y quién administra la herencia política del régimen de Alberto Fujimori. Nada, en cualquier caso, que revele auténticas discrepancias doctrinarias o siquiera programáticas entre un bloque y el otro. Y eso ocurre porque esos contenidos no son ni han sido nunca prioritarios en la organización fujimorista. ¿O es que acaso alguien podría trazar un perfil ideológico o esbozar un ‘programa mínimo’ naranja? En palabras del propio ingeniero Fujimori, lo que guio el ejercicio del poder durante la década en la que él gobernó fue el pragmatismo. Y pragmatismo –esto es, acomodo a lo que las circunstancias parecen insinuar como conveniente– es lo que continúa definiendo el proceder político de ambas facciones de FP.

Y aunque es cierto que el problema que aquí comentamos –la ausencia de una estructura programática y de una ideología que caracterice y guíe al partido– no es exclusivo del fujimorismo, sí es preocupante que se manifieste nítidamente en la principal fuerza opositora del país, y en la que, además, aspira a ser gobierno en el 2021.

Así las cosas, uno más o uno menos en alguna de sus dos encarnaciones no parece constituir un elemento que pueda afectar profundamente el futuro del país. Los medios no podrán dejar de registrar un movimiento de ese tipo, pero eso no quiere decir que debamos darnos por satisfechos con cualquier intento por confundir la historia con la historieta.

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