Con todos sus defectos, las jornadas de debates presidenciales que culminaron ayer nos han dado a los electores algunos elementos de juicio importantes para cumplir con el deber que tenemos por delante. Esos que hemos visto y escuchado son los candidatos y no otros. Es decir, de entre ellos, saldrá inexorablemente la persona que nos gobernará a partir del 28 de julio. Tenemos, en consecuencia, que aprovechar lo que la confrontación entre los aspirantes a llegar a Palacio nos ha permitido apreciar para votar con buen juicio.
En los debates, algunos de los participantes solo lanzaron pullas… Otros sí presentaron propuestas. Pero a propósito de estas hay que hacer también una diferencia. En determinados casos, fueron propuestas que únicamente constituyeron lo que suele denominarse “una lista de lavandería”: ofertas sueltas (subsidios, exoneraciones tributarias, cancelación de multas, etc.) para captar bolsones específicos de votantes. Otras propuestas, en cambio, estaban mínimamente integradas a una visión o un plan de lo que se quisiera hacer desde el Ejecutivo en los próximos cinco años. De más está anotar que la seriedad está del lado de quienes optaron por esto último.
Existen, por otra parte, fuentes de información disponibles en los medios y en las redes sobre el pasado de los postulantes presidenciales. Sobre su trayectoria política y, más importante aún, sobre las denuncias e investigaciones que cargan sobre sus espaldas. Los problemas morales, conviene recordarlo, no distinguen ideologías.Lo que no se debe hacer, en suma, es llegar el 12 de abril a la mesa de votación con una actitud frívola y votar por quien hizo la gracia más memorable o por quien nos aconseja alguien en la cola. Esa es la receta perfecta para sentirse pronto insatisfecho con la persona a la que se respaldó sin mucha reflexión y terminar saliendo a marchar para clamar que no se siente representado por ella. Tampoco es una salida madura votar viciado o en blanco porque ninguno de los candidatos es el paradigma de lo que uno piensa. Hacerlo es desde luego un derecho que nos asiste a todos, pero cuando el país está en un trance tan dramático como el actual, lavarse las manos no parece una alternativa sensata.
Nos encontramos en la recta final de la primera vuelta electoral y, como en las competencias de velocidad, estos últimos tramos son los más importantes del recorrido. No vale desmayar ni tirar la toalla. Lo que corresponde hacer es poner todo de nuestra parte para cruzar la meta con altura.