Las alertas empezaron en la prelatura de Huamachuco, provincia de La Libertad, con abusos denunciados por las víctimas y por tres sacerdotes, Esteban Desposorio, Nery Tocto y Agustín Díaz. Lo terrible es que el obispo local, Sebastián Ramis, no solo minimizó los reclamos de estos religiosos, sino que tampoco los protegió cuando fueron amedrentados.
Da rabia saber que Ramis quedó prácticamente indemne y ahora ya está de retiro en su país natal. Pero el escándalo pasó a la capital de la región, Trujillo, cuyo arzobispo hoy es monseñor Miguel Cabrejos, a quien hay que ponerle los reflectores encima porque es nada menos que presidente de la CEP (Conferencia Episcopal Peruana) y también del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano). O sea, es la máxima autoridad de la iglesia latinoamericana.
¿Qué hizo Cabrejos tras leer una carta el 6 de enero del 2016 donde los curas denunciantes le cuentan lo de Huamachuco? Pues, muy poco. Le escribió a Ramis pidiéndole que arregle su prelatura y promovió investigaciones canónicas, de esas que acaban en suspensiones blandas. Sin embargo, sus voceros (este no accedió a hablar con la periodista, sino a través de terceros), no han aportado ninguna prueba de que el arzobispo haya colaborado con la judicialización de los casos, que ya no solo involucraban a Huamachuco, sino a sacerdotes de Trujillo.
Al revés, Melissa consigna una carta, en la que Cabrejos le da licencia a su exvicario general, Ricardo Angulo, para dejar su cargo en el arzobispado, y batallar legalmente con quienes lo aludían entre los sacerdotes que habrían asistido a fiestas donde había comercio sexual con menores. Angulo procedió a interponer una denuncia por asociación ilícita para delinquir.
Vamos, no acuso a Angulo pues no hay mayores pruebas más allá de lo referido por testigos en la investigación; pero permitirle batallar legalmente sin siquiera abrir un proceso interno (lo reconoce el comunicado) va contra el clamor del Vaticano respecto al rol proactivo judicialmente, jamás encubridor, que debe tener la iglesia ante la más mínima sospecha de abuso. Monseñor Cabrejos debe explicar qué hizo de eficaz y reparador para que la impunidad de clérigos abusadores no campee en el norte.