PolíticaGrita, por Patricia del Río
Los que abusan se van a quedar sordos, porque a nosotras ya nadie nos calla.
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Cada 8 de marzo me propongo escribir sobre la situación de la mujer en el mundo. Es un compromiso, una cábala, una de esas imposiciones que uno mismo se asigna y que después ya no puede abandonar. Cada año trato de darle un ángulo distinto, trato de mover otras fibras que nos hagan reflexionar a todos, a los hombres y a las mujeres, que seguimos compartiendo un mundo donde la desigualdad de género es inaceptable. Hemos caminado sobre la Luna, somos capaces de enviar mensajes, textos y fotos en segundos, la tecnología ha logrado superar a la naturaleza en algo tan básico como la reproducción, y, sin embargo, en todo el planeta las mujeres siguen siendo una población discriminada, disminuida, atacada.
Y no, no voy a volver a citar las horrendas cifras que dan cuenta de que un 35% de las mujeres del mundo ha sufrido violencia física o sexual en la calle o en su casa. Tampoco tengo ganas de volver a repetir que casi la mitad de los casos de mujeres asesinadas en todo el mundo han sido victimizadas por un familiar o compañero, o que 700 millones de mujeres se casaron con menos de 18 años de edad. Y por supuesto, lo último que queremos recordar es que unos 120 millones de niñas de todo el mundo (poco más de 1 de cada 10) han sufrido violación sexual u otro tipo de relaciones sexuales forzadas en algún momento de sus vidas.
Pero como les decía, van años escribiendo estas columnas y una se empieza a cansar de repetir que somos capaces de crear computadoras que hacen todo por nosotros y, sin embargo, la esclavitud todavía existe. Según la ONU, el 55% de personas que realizan trabajos forzados en el mundo son mujeres, y el 98% de las víctimas de explotación sexual también son de sexo femenino. Y no se salva nadie porque resulta que incluso en los países de la Unión Europea entre el 40% y 50% de las damas declaran haber sufrido insinuaciones sexuales no deseadas, contacto físico u otras formas de acoso sexual en el trabajo .
Y así, podemos seguir llenando páginas de páginas denunciando que las mujeres de las zonas urbanas tienen el doble de probabilidad que los hombres de sufrir algún tipo de violencia, especialmente en los países en desarrollo, como el nuestro. O podemos lamentarnos porque ya estamos cansadas de que nos golpeen más, nos paguen menos, nos traten como objetos, nos agredan verbalmente en la vía pública, nos violen, nos acosen, nos joroben la paciencia.
Sí, la verdad que hoy podría seguir escribiendo, denunciando, tratando de sensibilizar al otro, pero ya me cansé. Ya me cansé de esta tarea dura que algunos, esos que nunca entienden nada, confunden con victimización. Nos pueden seguir fastidiando, pueden seguir golpeándonos, metiéndonos la mano, arrinconándonos en el ascensor del trabajo, violándonos en un descampado. Nos pueden humillar y tratar como si fuéramos un simple par de potos y tetas. Pero eso se va a terminar. Porque nosotros podemos gritar.
¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!! Sí, podemos ir gritando en cada foro, calle, casa, espacio y lugar en que se haya perpetrado un abuso que ya basta. Podemos quedar afónicas para que nuestro grito nos defienda. Nos represente. Nos libere. Hace rato que nos cansamos de ser las víctimas. Así que prepárense: los que abusan se van a quedar sordos, porque a nosotras ya nadie nos calla.











