"Pensábamos: al fin, después de tantos años, han depuesto su viejo orgullo territorial". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
"Pensábamos: al fin, después de tantos años, han depuesto su viejo orgullo territorial". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Por Renato Cisneros

En enero de 2020, mi hermana, su esposo y sus dos hijos adolescentes se mudaron a casa de mi madre para acompañarla. Fue un acto generoso que, sin embargo, nos hizo levantar una ceja a mi hermano y a mí. Recordamos de inmediato escenas del pasado donde las peleas entre ambas eran una constante. Desde luego son más, muchos más, los momentos de armonía y cariño, pero hubo un tiempo –uno largo– en que una escaramuza entre las dos era suficiente para que se desatara una crispación general que duraba días. Teníamos, pues, razones para dudar del beneficio de la nueva convivencia. Tarde o temprano, apostábamos, volverán las recriminaciones, los gritos, las quejas por teléfono.

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