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Carlos Meléndez

Carlos Meléndez

Politólogo

El hincha peruano: soldado de la fe, por Carlos Meléndez

La selección peruana mueve montañas y océanos, y Moscú ha sido algo así como un imán mundial que atrajo a peruanos en peregrinaje desde cualquier rincón del planeta. Aunque estos compatriotas globales son, notoriamente, una raza distinta

Estamos entrenados para llegar a fin de mes como sea. Tantos años de crisis, ajustes y ‘paquetazos’ cuajaron nuestro estilo de juego contable. Nuestro dominio de la calculadora es, a estas alturas, tan instintivo como el toque de nuestro fútbol. No hubiéramos asistido a este Mundial de pasiones –me refiero al hincha de a pie–, sin confiar en nuestras sumas y restas, en el préstamo del compadre y en los ahorros ‘en caso de emergencia’. El hombre que calculaba no es árabe, sino un peruano de camiseta que regresa en el tren de Moscú a Saransk, para ver cómo la hace hasta Sochi. Porque “todo se decide contra Australia”, según Henry. Este joven instructor de electrónica, de un instituto superior tecnológico en el centro de Lima, al revisar la app de su banco sabe –objetivamente– que no tiene cómo sobrevivir hasta fin de mes en Rusia. Él y muchos peruanos más. Que Dios nos ayude. 

El rational cholo
Ha sido casi un milagro ir a Rusia. Sobre todo saliendo de Lima. Para un peruano ‘emergente’, no existe racionalidad que justifique tal impulso nacionalista. “Ni bien terminó el partido contra Nueva Zelanda, compré los pasajes a Moscú”, recuerda Micky, 29 años, publicista, sobre su arranque de patriotismo futbolero. De su mancha de patas del colegio, solo uno pudo acompañarlo. ‘Frodo’, 28 años, ingeniero, luego del viaje retornará al suelo patrio con tremenda ‘arruga’. Reconoce que “si no fuera por Micky, no la hacía”. Ambos llevan un Excel en el que registran todos los gastos del viaje, desde pasajes internacionales, internos y alojamientos que cada uno costea. Cuentas claras, amistades largas. Hasta el día del debut de la blanquirroja, la columna de los gastos llegaba a 7 mil dólares para cada uno. Solo les quedan por cubrir los gastos de comida y ‘chelas’, pero para eso apelarán al tarjetazo. Estar en el Mundial es un esfuerzo de todos, comenzando por nuestros bolsillos. 

Peruanos en el extranjero
Lucho (58) y Nano (29), padre e hijo, llegaron a Moscú desde Montreal, vía Helsinski. Viven en Canadá desde hace 27 años, cuando Lucho pensó que el shock de Fujimori no serviría para resolver la crisis dejada por el gobierno aprista. Lucho y toda su familia resetearon el pasado y comenzaron de cero en Canadá, con mucho esfuerzo. Ahora, su economía estable les permite un viaje trasatlántico para reencontrarse cara a cara con la peruanidad en su mayor efervescencia. En el tren que nos lleva a Saransk, el controlador pide sus documentos y ambos muestran sus pasaportes canadienses, pero son más peruanos que la canción criolla. 

Como ellos, en el viaje a Rusia me he cruzado con muchos otros compatriotas residentes en el extranjero. Estudiantes peruanos haciendo su posgrado en ciudades europeas. Un par de patas que provienen de New Jersey, una pareja mayor de Orlando que aprovecha el Mundial para un reencuentro con sus hijos, que viven en Perú y Suecia, y hasta un matrimonio joven que partió desde Sydney. 

A diferencia de sus coterráneos locales, el hincha peruano en el extranjero que llega a Rusia lo hace con sus ahorros. Luego de tantos años de remesas, ha adoptado esa costumbre del mundo desarrollado que se llama savings. Pero su relativa solidez económica no es lo único que lo distingue; también su mundo. A diferencia de los ‘Yungay’ del siglo XXI, no necesita de Google Translator para comunicarse con los rusos. Además del español, habla algún otro idioma y tiene el know-how de moverse en cosmópolis ajenas. Sabe cómo emplear transportes masivos, guarda respeto por las reglas, los horarios y el espacio público. Es nuestro hincha más civilizado, pero no por ello menos eufórico. 

Billetera mata hincha
Big Pig es el restaurante más parado de Saransk. Trip Advisor lo recomienda como un must en este pueblo mordovino de 300 mil habitantes. La noche previa al debut de la selección, la mitad de las mesas ya habían sido reservadas para una fiesta privada de un hincha peruano con billete. Este, luego de aterrizar en Moscú, tomó un charter exclusivo hasta Saransk. Gracias al Instagram de su novia –por cierto, modelo–, podemos envidiar la degustación de cervezas artesanales locales y las más variadas salchichas rusas. Rumores aseveran que prepara una fiesta VIP en un yate rentado en Sochi, tras el partido con Australia, pase o no la selección a la siguiente ronda. 

Así, Saransk se ha convertido en una representación exiliada de la peruanidad, con discrepancias sociales que se ocultan mientras la embriaguez futbolera se mantenga en su nivel más alto y matemáticamente podamos seguir cantando, fundidos en un abrazo, “cómo no te voy a querer…”. Pero cuando la desilusión asoma, el nacionalismo blanquirrojo muestra sus primeras fisuras. “Esos no son hinchas, se han pasado todo el partido haciendo selfies y filmando, en vez de cantar”, se queja Riky, miembro de la Trinchera Norte. En una esquina del centro de Saransk, acompaña con cerveza la derrota contra Dinamarca. “Esos ya deben haber vendido sus entradas para el Perú-Australia, después del partido con Francia”, comenta uno de sus acompañantes. A pesar de que la sangre de los hinchas de noble cuna y la de los plebeyos es blanquirroja, la derrota nos devuelve a nuestros más hondos desencuentros. 

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