A lo largo de su campaña electoral, el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, solía referirse a los aranceles (‘tariffs’ en inglés) como su palabra favorita o, alternativamente, como la palabra más bonita del diccionario. Los aranceles no son otra cosa que unos impuestos que se ponen sobre las compras de productos del exterior. Existe abundante literatura académica, tanto a nivel teórico como empírico, que muestran que su utilización como herramienta de política económica genera menores niveles de consumo de los bienes gravados así como un precio más alto de dichos productos para los consumidores locales. Diversos economistas galardonados con el Premio Nobel, desde los más liberales como Milton Friedman y Gary Becker, hasta otros menos liberales como Joseph Stiglitz y Amartya Sen, concuerdan en que más allá de algún efecto positivo en la producción nacional del bien protegido en el corto plazo, sus efectos sobre el bienestar serán negativos en el largo plazo.