Tan común como trazarse metas para un año que recién empieza es terminarlo y darnos cuenta de que, muchas de ellas, quedaron en nada. Por un lado, porque las buenas intenciones suelen quedarse en eso cuando no se acompañan de un método o un sistema para materializarlas. Por otro, porque los mejores planes, sobre todo en el terreno financiero, no rinden frutos en horizontes de apenas un año. De hecho, el mejor propósito que podríamos plantearnos para el 2026, como individuos y como país, es instalarnos el ‘chip’ del largo plazo y empezar a planear disciplinadamente, no para diciembre, pero para el 2031, el 2036 o –¿por qué no?– el 2046.

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