Esta semana volvió a circular por redes una anécdota que cuenta la relación entre los cineastas Akira Kurosawa (Tokio, 1910 – 1998) y Andréi Tarkovski (Rusia, 1932 – Francia, 1986). La historia fue contada por el mismo Kurosawa en un texto publicado originalmente en el periódico Asahi Shinbun el 13 de mayo de 1977 y en Nihonkai Eigasha, en junio de 1978. En dicho artículo narra el encuentro de ambos durante el estreno de Solaris (Tarkovki, 1972), y dice: “Tarkovsky estaba junto a mí entonces. Él estaba en la esquina del estudio. Cuando la película terminó, se puso de pie, mirándome como si se sintiera tímido. Yo le dije: “Muy bien. Me hace sentir miedo de verdad”. Tarkovsky sonrió con timidez, pero felizmente. Y brindamos con vodka en el restaurante del Instituto de Cine. Tarkovsky, que no bebía normalmente, bebió mucho vodka, y fue tan lejos como para apagar el altavoz desde el que la música había flotado en el restaurante, y comenzó a cantar el tema del samurái que aparece en Seven Samurai con toda su voz. Me le uní. Porque yo estaba en ese momento muy feliz de encontrarme a mí mismo viviendo en la Tierra”.
Esta hermosa anécdota que habla de la grandeza de dos leyendas de la cinematografía mundial, volvió a circular a propósito del cumpleaños 110 de Kurosawa, quien nació el 23 de marzo de 1910 en Tokio, Japón. Perteneció a una familia acomodada, descendiente de los antiguos samuráis y a decir de la crítica de cine argentina, Sofía Ferrero Cárrega, fue esta posición social la que le permitió tener una educación formal. “Él dijo que era muy citadino y que conocía muy poco de la gente del pueblo; sin embargo, muchas de sus películas están protagonizadas por personajes que no eran usuales en el cine japonés de la época, como vagabundos y prostitutas. Fue un cineasta muy comprometido con su tiempo y la historia de su país, y fue tomando relevancia por eso”, añade.
Akira Kurosawa y Andréi Tarkovski. Foto de la web EnFilme.com
Akira Kurosawa es, junto a Ozu (Tokio, 1903 – 1963), el más importante director de cine de Japón. “Y del mundo”, dice Ferrero Cárrega. “Ozu es anterior, tiene películas incluso mudas. Kurosawa hace cine desde 1943, lo que lo acerca al cine contemporáneo, pero, aun así, filma con un clasicismo que se ha ido perdiendo con el tiempo”, apunta.
Mónica Delgado, crítica de cine y fundadora del portal Desistfilm, coincide en que Kurosawa fue un gran cineasta de la modernidad y especifica que sus aportes se ven reflejados en un cambio de paradigma en el modo de hacer películas, en sus temas y formas. “Patenta una poética especial, reconocible y única. En el cine de Kurosawa sobresale el uso especial del movimiento, elemento capital, y de la misma naturaleza: el clima, la neblina, las lluvias, el invierno, los bosques o los caminos agrestes. También fue un cineasta culto, por allí se dice que fue uno de los expertos sobre el Japón del siglo XVI”, señala.
La influencia de films como Yojimbo (1961), Rashomon (1950) o Ran (1985) siguen vigentes. La construcción de sus personajes fue única, como resalta el también crítico Claudio Cordero: “La grandeza de Kurosawa está en la humanidad de sus personajes. Sin importar el tipo de película que hiciera, sea de samuráis en la época feudal u oficinistas en el Japón moderno, lo que caracterizó a su cine fue su capacidad de penetrar en las contradicciones del hombre, esa extraña y fascinante criatura capaz de lo mejor y lo peor. La realidad que mostró Kurosawa nunca fue agradable: la violencia, la injusticia y la miseria aparecen socialmente normalizados, a la vez que hay individuos que lucharán, con todas sus fuerzas, por conquistar algo de nobleza, siendo muchas veces tomados por locos o marginales”.
JAPÓN LLEGA A OCCIDENTE
Kurosawa fue fundamental para universalizar el cine japonés. Como relata Ferrero Cárrega, fue uno de los maestros reconocidos en vida por Occidente, lo cual es bastante inusual. “Sus primeros productores fuera de Japón fueron Francis Ford Coppola y George Lucas, que eran entonces muy jóvenes. Él los llamaba mis jóvenes productores”, cuenta.
Claudio Cordero considera que los éxitos de Kurosawa en Estados Unidos y Europa sirvieron para que muchos cinéfilos empezaran a interesarse en otros maestros japoneses, como Yuzujiro Ozu y Kenji Moziguchi. “Dicen que en su tierra no era tan popular como en el resto del mundo, pero fue el único autor japonés que gozó en vida de un prestigio que mantuvo vigente por seis décadas”.
Y, ciertamente, en su país no la tuvo fácil. Mónica Delgado lo explica: “vivió una situación compleja, porque fue un autor incomprendido y muy criticado en su país, por elegir temas y puestas en escena que se consideraban “muy occidentales”, o por films que criticaban de manera inteligente la realidad social y política de su país. Cuando hizo Yojimbo, en 1961 fue en respuesta a un género popular, el de samuráis, pero le dio un giro, quiso ser controversial, hacer algo nuevo, y lo logró”. Pero esto no fue bien visto en su país.
Delgado añade que fue tras ganar premios internacionales, como el del Festival de Venecia por Rashomon, es que el reconocimiento afuera funciona como rebote para la prensa y crítica de su país. “Recordemos que Japón fue un país muy golpeado por la segunda guerra mundial, y muchos cineastas padecieron un desinterés a todo aquello que fuera un eco de Occidente. Y este punto pasó en sus inicios, en su cúspide ante la crítica internacional, o incluso cuando estrenó su penúltimo film en Cannes, Rapsodia en agosto (1991). Con esto no quiero decir que haya sido un cineasta menospreciado o poco valorado, su obra fue y es reconocida por su genialidad en su país y en el mundo, sino que no fue un proceso fácil”, explica.
Fue también su posición crítica ante la realidad de su país en temas tan duros como la Segunda Guerra Mundial lo que hizo del suyo un camino complicado. Sin embargo, no hipotecó su arte. Admiró de la cultura occidental desde muy joven, pero supo balancear esto con el clasicismo japonés. Ganó tres premios Oscar: en 1951 por Rashomon, en 1957 por Dersu Uzala y en 1990 la Academia le otorgó la estatuilla honorífica. Akira Kurosawa, el samurái eterno, fue admirador de occidente, sí; y esta parte del mundo le respondió con la más rendida y merecida admiración a su magnífico trabajo cinematográfico.