Desde el desembarco en Paracas, San Martín se dedicó a emitir bandos y a enviar emisarios para promover entre los españoles y criollos radicados en Lima los ideales de la independencia, y entre la élite militar fidelista empezó a correr la voz que todo batallón que se pasara al bando libertador sería recompensado y sus jefes no perderían grados ni cargos.
“La pieza central de la política de San Martín en Perú era promover las deserciones, lo que tuvo bastante éxito —escribe la historiadora Natalia Sobrevilla en Andrés de Santa Cruz, caudillo de los Andes—. Cientos de oficiales estacionados en la costa, así como el Batallón Numancia, proveniente de Nueva Granada, cambiaron de bando a comienzos de diciembre de 1820. Para entonces había quedado claro que no solo las oportunidades de seguir en una carrera militar eran cada vez más limitadas para los nacidos en América, sino además que quienes combatían en favor de la independencia en realidad tenían buenas posibilidades de vencer. Era fácil concluir que unírseles tempranamente incrementaba las posibilidades de compartir el botín”.
Basadre, en el primer capítulo de Iniciación de la República, señala: “Valiéndose de persuasiones y de otros medios, Riva-Agüero introdujo la deserción de las tropas realistas y estuvo conectado con numerosos agentes aún en los centros mismos del gobierno español. Muchos de los que desertaban eran encaminados por sus agentes por sendas extraviadas hasta incorporarlos a las guerrillas de los independientes, refugiándose algunos en su chacra para ser habilitados y conducidos sin riesgo”.
¿Por qué era importante el batallón Numancia? Sus jefes eran sobrevivientes de la expedición militar enviada desde España en 1815 para sofocar las rebeliones independentistas en Nueva Granada. Sin embargo, gran parte de su tropa y mandos medios eran venezolanos y criollos nacidos en este lado del mundo. La historiadora Emelina Martín Acosta —en Los canarios incorporados al batallón Numancia de la expedición Morillo— cita una carta en la que el mariscal realista Pablo Morillo le decía al virrey Pezuela: “Siendo este cuerpo (el Numancia) sin duda uno de los más brillantes del ejército de mi mando, y el único auxilio que haciendo el mayor esfuerzo, tal como dejar sin guarnición la provincia del Papoyán y Valle de Cauca, puedo prestar a vuestra excelencia”.
El Numancia llegó a Lima en febrero de 1819, el viaje fue penoso y a pie. Le fue asignado un sitio de vanguardia en la defensa de la capital. Sin embargo, entre algunos de sus oficiales y tropa reinaba el descontento, y muchos de ellos ya habían tomado contacto con enviados de San Martín. Mariano Felipe Paz Soldán apunta a que varios de estos militares fueron ganados a la causa libertaria por mujeres peruanas, en una fonda regentada por la señora Carmen Guzmán.
La noche del 2 de diciembre, en el valle de Chancay, los oficiales Tomás Heres y Ramón Herrera consumaron la rebelión. Tomaron preso a su jefe, el teniente coronel Ruperto Delgado, y saltaron al otro lado de la línea. San Martín los recibió en Supe con banquete y vino. El Numancia sería el portador de la bandera del Ejército Libertador tal como ha quedado perennizado en una acuarela de Bernardo O’Higgins.
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Esta es una generación que se reivindica.