[Ilustración: Mind of robot]
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Jerónimo Pimentel



La izquierda en el Perú tiene tres herencias problemáticas: Velasco, Sendero Luminoso y la Izquierda Unida. Históricamente, tenía un gran orgullo: la honestidad. Después de Odebrecht, la izquierda en el Perú tiene cuatro herencias problemáticas.

El caso de Velasco es el más ambiguo de todos. Para sus adeptos, la dictadura militar fue el equivalente local de la Revolución mexicana en términos de autoestima nacional, con algunos añadidos cuasifantásticos: fue incruenta, tuvo ribetes de reivindicación milenaria y una elevada justificación moral. En la Católica, sin pudor, se hacían ejercicios de ucronía dignos de novelistas de ciencia ficción polacos en los que se le atribuía al Gobierno Revolucionario haber impedido el triunfo de Sendero Luminoso, en tanto quienes derrotaron a los subversivos fueron campesinos que defendían las tierras que el general les había entregado. La debacle económica se solía pasar por alto, así como su consecuencia legal: la Constitución del 79. Sin embargo, la reivindicación étnica y social parece acumular suficiente mérito, a ojos adictos, para pagar esa cuenta. El próximo año, a medio siglo del golpe, será un buen momento para ponderar los 12 años de esa dictadura, aunque se puede adelantar una idea: es improbable construir una izquierda democrática y moderna con tan pobres cimientos.

Sendero Luminoso enarboló una ideología que, según Carlos Tapia, teorizaba sobre los hombres como si fueran cucarachas, y significó la promesa fatalmente cumplida de los sueños revolucionarios sesenteros, que a la vez fueron aplastados y ridiculizados por su expresión extrema. Es, de una manera tardía, brutal y funesta, la respuesta peruana a las guerrillas guevaristas, pero con una diferencia: desde el extremo polpotiano donde todo matiz es irrelevante y toda duda una debilidad burguesa, el mundo es un lugar triste en el que solo se puede ser víctima o verdugo. La masacre y la respuesta a la masacre sumergieron al país en un mar de sangre que incluyó a los propios representantes de la izquierda democrática, mientras otros cuadros, en silencio, esperaban el éxito o el fracaso para sentar posición. No me cuesta imaginarlos: aún hoy hay artistas que se permiten lanzar vivas a los genocidas, sobre todo cuando están fuera del país o se toman unas cervezas de más.

En paralelo, la Izquierda Unida cumplía un destino patético: arruinarse a sí misma mientras cumplía la paradoja de nombrarse a partir de aquello que desea y no es (como la República Democrática Alemana o, más cerca, Tierra y Libertad). Basta decir que la atomización y el sectarismo, los celos personales y las intrigas cotidianas fueron consumiendo a unos protagonistas que envejecían con sus planes pero, sobre todo, con una total incapacidad por entender la realidad (“eso que duele”) y representarla. Apoyaron de modo infalible todas las opciones incorrectas, incluyendo al primer Fujimori, a la vez que se desvanecían elección a elección de la manera más insignificante: en silencio, o peor, mutando bruscamente a la derecha, o peor aun, mutando levemente a la nada. No se puede decir que sus motivaciones no hayan sido bienintencionadas, al menos en parte, pero sí es un deber cívico cuestionar en qué momento hicieron del castrismo una añoranza y de Corea del Norte una posibilidad. Los activistas que se precian del 18% de Verónika Mendoza deberían vislumbrar cuántos escalones por debajo están del 82% que votó por la centroderecha o el populismo conservador, a tal punto que estas opciones se han convertido, desde hace 25 años por lo menos, en el sentido común peruano. La implosión inmediata del Frente Amplio y la pelea fratricida entre la lideresa de Nuevo Perú y Marco Arana no ha sido ni siquiera un espectáculo político: ha sido un hipo, una letanía, una forma de aburrimiento.

La posición actual de Susana Villarán, así como la de todos aquellos que orbitaron alrededor de su gestión y sus campañas, es frágil y dudosa. Uno puede esperar cinismo de un aprista pos-García, de un demócrata cristiano pos Bedoya de Vivanco, de un humalista pos-Andahuaylazo, de un toledista pos-Melody, de un fujimorista siempre. Pero la izquierda democrática, o cual fuera el nombre con el que se les quiera designar a estas gentes, había hecho de la honradez el antídoto contra todos los males que se les recriminaban: la incapacidad de gestión, la debilidad institucional crónica, el oportunismo político y cierta frivolidad tipo Jazz Zone. Algunos ciudadanos encontraban en esa pretenciosa superioridad moral un bálsamo, y quizá esa haya sido su verdadera función política en el Perú reciente: hacer creer a unos pocos que son mejores que todos los demás.

Hoy, para todo efecto, han perdido ese reducto, lo único que tenían. Susana Villarán no teme ir a la cárcel, pero sí debería avergonzarse del lugar en el que su gestión ha dejado a la izquierda peruana: desprovista, solitaria, sospechosa, impúdica y final.