Víctor Delfín, artista peruano, en su estudio. Foto: Javier Zapata
Víctor Delfín, artista peruano, en su estudio. Foto: Javier Zapata
Javier Zapata

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Querubín piurano de 93 años. Artífice de la notable escultura de El Beso, que por primera vez en 28 años no cobijará bajo su sombra a calurosos amantes que buscan su bendición, Víctor Delfín no sale de casa desde el 15 de marzo del 2020 cuando la primera cuarentena fue anunciada.

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A casi un año de la llegada de la pandemia al Perú, Delfín se ha protegido creando, pero, sobre todo, manteniendo ese optimismo que lo está conduciendo, con buena pinta y mejor espíritu, a los 100 años.

“Yo soy un hombre muy optimista. Lo he sido desde niño. Y una de las cosas que he visto es que siempre pasan, lo bueno, lo malo y lo feo, pasan. No se detienen, son relativos. En esta soledad que estoy acostumbrado felizmente no he tenido necesidad de salir a la calle para nada porque tengo un hijo que me provee todo, tengo hijos que me cuidan, una pareja que me acompaña (…) Entonces no he usado máscara para nada, además, como dice Rodin, he sido protegido por mi propia obra, pintando, dibujando, escribiendo algunas experiencias y dentro de ellas un cuento cuyo lema es: más allá de cualquier virus, de cualquier pandemia, lo más importante es el amor”.

Y es bajo este lema que el maestro escribió un cuento que rescata el amor en tiempos de pandemia, entre un hombre joven y una turista, que superan contagios y distancias. Este cuento inédito, escrito en el encierro, será publicado este año. Y mientras esto sucede, entre cuadros, esculturas y el continuo sonido de las olas, el maestro espera pacientemente a que del restaurante barranquino Canta Rana le manden, como todos los días y con los protocolos de rigor, su menú del día: un bien servido ceviche. Aquí unos extractos de la historia.

Víctor Delfín, artista peruano, en su estudio. Foto: Javier Zapata
Víctor Delfín, artista peruano, en su estudio. Foto: Javier Zapata
Víctor Delfín, artista peruano, en su estudio. Foto: Javier Zapata
Víctor Delfín, artista peruano, en su estudio. Foto: Javier Zapata

El encuentro

Caminaba por la avenida Abancay a pie como todos los días, le desagradaba el ruido de los buses, el desorden del tránsito, la gritería inútil de los conductores, el hacinamiento de los ómnibus y combis, y caminaba en su propio mundo tarareando mentalmente una melodía de Mozart, de Hydn, o de Brahms; había aprendido también a percibir las miradas de los demás a tal punto que cuando caminaba la gente lo saludaba sin conocerlo y él respondía cordialmente, sentía las miradas de alguien que estaba observando por detrás, se había convertido en una especie de liebre que ponía en juego su instinto mirando para delante, para un costado y para el otro para no tropezarse con algún obstáculo inesperado. Sintió que alguien lo miraba desde un bus, vio ligeramente el rostro de una joven que iba de pie entre la acumulación de pasajeros que llevaba el vehículo. La miró y siguió caminando, caminaba de prisa porque tenía un objetivo, buscar dinero para sobrevivir y aún no había encontrado la solución.

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Ella

Las luces de la ciudad empezaban a prenderse y la garúa limeña amenazaba una tarde gris, los rizos de ella iluminaron la tarde y su rostro lucía alargado porque su cabello enmarcaba su entorno hasta los hombros. Sus ojos como los de una alegre gacela brillaban con reflejos celestes y azul turquesa, su nariz era más bien alargada como su boca, sus labios no eran sensuales, más bien delgados, y las comisuras de sus labios en curvas que parecían tener una permanente sonrisa, su mentón era fino y delicado como todo conjunto de su rostro, demás está decir que su cuello era como una columna que sostenía la esbeltez de su cuerpo.

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Era obvio que ella era una turista o una chica de clase media descendiente de italianos o franceses. Le tomó la mano con más fuerza y él se dejó llevar por las circunstancias, entonces le dijo de sopetón: “no quiero que me acompañes, solamente quiero que estemos juntos”.

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