Luis Hernán Castañeda - "El imperio de las mareas". (Foto: Difusión)
Luis Hernán Castañeda - "El imperio de las mareas". (Foto: Difusión)
José Carlos Yrigoyen

En “Mi madre hablaba en francés” (2018), ambiciosa y madura novela de (Lima, 1982), el protagonista era un joven solitario que hallaba un sentido de vivir en el estudio de distintas lenguas extranjeras. Amparado en la decodificación de nuevos vocablos, resistía los embates que una realidad ajena y hostil le propinaba. Su más reciente ficción, “El imperio de las mareas”, parte de una premisa similar, pero agudizando la desolación y tragedia de quien se aferra a la palabra para no desfallecer en un universo extraño que se troza y se deshace.

Existe en la obra de Castañeda una necesidad de indagar nuevas posibilidades, de no plantarse en un solo registro, y esto lo ha conducido por el rumbo de la distopía, donde se mueve con seguridad y convicción. “Mi madre hablaba en francés” nos situaba en un Estados Unidos tiranizado por una autócrata fascista que había convertido al país en un búnker que rechazaba cualquier amago de inmigración o liberalismo. En “El imperio de las mareas” se redobla la apuesta en el esfuerzo de edificar un mundo cerrado y en crisis, esta vez dispuesto en una Lima del futuro que un tsunami ha devastado. En esa ciudad siniestrada encontramos a Sakana, un muchacho dotado de branquias y otros atributos ictiológicos, quien trabaja como mesero, masajista y ‘escort’ en el hotel de sus padres. Aprovecha cualquier momento libre para aprender el arduo idioma japonés, elaborando a partir de este una personalidad difusa y dislocada que fluctúa como elemento de identidad y rebelión. Su vida, contemplativa y rutinaria, es remecida por la aparición de Mayu, una enigmática periodista con quien comparte la ascendencia oriental y un estigma físico que los separa inevitablemente de los demás.

Lo más destacable en “El imperio de las mareas” no es tanto lo que se cuenta, sino el encomiable acabado del compacto y autónomo mundo que Castañeda ha construido. Las costas inundadas en cuyo desorden sobreviven algunos negocios y viviendas, las alturas de los cerros donde los más afortunados han hallado refugio y las imágenes del pasado y presente de esa precaria sociedad dividida, son descritas y desgranadas con una prosa versátil y elegante, visual y heterogénea como un caleidoscopio. Estos espacios son, además, reflejo y metáfora de los personajes que los poseen: es el caso del padre de Sakana, un hombre débil y derrotado que, entre los salobres e infértiles dominios donde mora, se empeña en cosechar frutas y cultivar rosas que la rabia del mar sabotea y torna mustias. O el de su madre, la autoritaria Duquesa, quien regenta su negocio procurando imponerse a la naturaleza en la que se debate, hasta que esta se venga destruyéndolo todo, “sepultando las ilusiones de la señora implacable”.

Dicho esto, es necesario acotar que si bien Castañeda triunfa en la elaboración de un mundo convincente y verosímil dentro de sus propias reglas, no sucede lo mismo cuando le toca abarcar y profundizar en las relaciones humanas de los seres que lo habitan. Estas limitaciones son especialmente palmarias en el tormentoso vínculo entre Sakana y Mayu, que nunca logra la dirección deseada y se diluye, indefinido y trunco, dañando la resolución de la historia. El problema es que en este punto el oficio y la maestría formal no bastan. Se extraña cierta espontaneidad, la eventual declinación de una cordura que funciona a la hora de la creación de atmósferas y paisajes originales y envolventes, pero que enfría las pulsiones de los protagonistas. Esta es una deuda pendiente para Luis Hernán Castañeda, quien libro a libro se consolida como uno de los autores más preponderantes de su generación.

DATO

3.5/5

Autor: .

Editorial: Alfaguara.

Año: 2019.

Páginas: 128.

Relación con el autor: cordial.