“Jamás en la vida” - Fernando Ampuero. (Foto: Difusión)
“Jamás en la vida” - Fernando Ampuero. (Foto: Difusión)
José Carlos Yrigoyen

En los últimos años, (Lima, 1949) se ha decantado por una vertiente memorialista de resultados hasta el momento más que interesantes. Primero publicó “Lobos solitarios” (2016), un breve y logrado relato acerca de la frustración literaria de dos viejos colegas suyos de la revista “Caretas”; después, un entrañable volumen autobiográfico, “La bruja de Lima” (2018), testimonio del angustioso episodio en el que un terrible cáncer estuvo a punto de devorarlo. Ahora regresa con un volumen de cuentos, “Jamás en la vida”, que significa una vuelta a los reinos de la ficción. Pero solo en apariencia.

Hay que decir desde ya que “Jamás en la vida” es un conjunto bastante desigual, tanto temática como cualitativamente. Al igual que una recopilación anterior, “Mujeres difíciles, hombres benditos” (2007), estos textos se caracterizan por un tono de crónica –explicable por la vocación periodística del autor–, en el que los acontecimientos cotidianos narrados esconden un refugio para lo asombroso, lo irracional o lo fantástico. La diferencia es que esta vez Ampuero no dilata mediante su agilidad narrativa –potenciada por una prosa directa y libre de abalorios– el advenimiento de esos espacios en los que anida la sorpresa. Elige, en cambio, según sus palabras, reunir “cuentos cortos y cortísimos para ser leídos, cronómetro en mano, en un rango de dos o diez minutos en promedio”. Estas composiciones son dueñas de una esencialidad que convierte lo inesperado o extraordinario en parte integral de lo contado, conformando una atmósfera sobrecogedora que se extiende, en los mejores casos, hasta la línea final. Es lo que sucede en “Un bar de moda”, insólito relato de referencias kafkianas cuya conclusión oscila entre la indagación policial y una alucinada escapatoria.

No todos los cuentos de este libro están forjados con similar fortuna. Por ejemplo, “Saltos mortales” parte de una premisa sugerente que no se afianza por la resolución insatisfactoria de su punto supuestamente climático. Otras piezas, como “Eclipse sin fin” o “Una mujer fatal” hurgan en el universo femenino y sus zonas emocionales y eróticas, sin ir más allá de las ingeniosas anécdotas que las sustentan. Eso las torna planas, algo frívolas y previsibles. Lo mismo pasa con apuntes como “Manicomio” o “La verdad”, pequeñas pastillas de humor que reducen su efecto a provocar algunas cosquillas al lector. Eso no ocurre con el llamativo “Dos hermanas en bikini”, que tiene como corolario una admonitoria epifanía fúnebre que trastoca y redimensiona una vulgar conversación veraniega, transformada así en ritual que descubre aquello que las palabras pretenden oscurecer.

Sin duda, lo más valorable de “Jamás en la vida” son los cuentos cimentados en evocaciones de la infancia y juventud de Ampuero durante los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Hay en ellos una evaluación ética de las situaciones presentadas que, sin caer nunca en lo didáctico ni en el afán pontificador, abre las compuertas de una educación sentimental signada por la violencia, el miedo, el amor y la amistad. “La rabia intacta” y “Noche de carnaval” son dos sólidas fábulas sobre el compañerismo y la lealtad, principios que se sobreponen a la incertidumbre de quienes comienzan a conocer los códigos del sombrío mundo de la adultez. Entre estos relatos brilla el que da nombre al conjunto y que merece figurar en cualquiera de las futuras antologías de Ampuero: se trata de una historia basada íntegramente en hechos reales –según propia confesión del escritor–, que envuelve a una madre alunada y a su hijo asediado por las pesadillas y la enfermedad. Las patologías y turbulencias psicológicas que sacuden ese vínculo de ominosas resonancias le infunden a la escena final un matiz de ahogado espanto que cierra un libro menor, pero atendible dentro de la obra de Fernando Ampuero.