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De "La feria de cepillín" al baile del totó. Lo que los niños bailan en los cumpleaños infantiles, ciertamente, ha cambiado mucho. En épocas de aburrimiento infantil voraz y padres disparatadamente estresados por lograr hijos brillantes en todos los campos de la existencia, el psicólogo Roberto Lerner, catedrático de la PUCP y director del Centro Lerner y Gagliuffi, disecciona el sistema educativo nacional y da pistas para remontar el que a veces parece un reto monumental: aprender en el Perú.
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— Se acaban de cumplir veinte años de la muerte del mítico Tío Johnny y en las fiestas infantiles ahora ponen a los niños a bailar perreo. ¿Es el fin de la inocencia?
No, la infancia nunca ha sido todo lo inocente que los adultos han querido pensar: la privacidad tal como nosotros la entendemos es algo muy reciente. Hasta hace no mucho tiempo adultos y niños estaban juntos y revueltos, y por lo tanto los niños estaban expuestos a todas las experiencias de la vida: nacimiento, muerte, sexualidad. Esta idea del niño como un ser al que se le enseña a ser adulto en dosis muy bien pensadas, y en un lugar especial que se llama la escuela, es algo que viene de la industrialización, cuando comenzamos a delegar una serie de cosas: así como ya no coces la ropa que usas ni cultivas lo que comes, tampoco crías completamente a tu hijo, delegas esa responsabilidad en el Estado. Hemos terminado tercerizando casi todo, pero hoy en día la fe ciega en la escuela ya no es tan ciega, a veces es una exigencia de que el colegio y los maestros hagan toda la tarea.
— Sin embargo hay este sorpresivo reclamo tan mediático por el currículo escolar.
Lo que hay por un lado es la expectativa de que la escuela resuelva todo y, al mismo tiempo, el miedo de que suplante a los padres en algunas cuestiones que siempre han movilizado el corazón y la mente de los seres humanos: el nacimiento, la sexualidad, la muerte, el amor, el odio. Hay muchas cosas que se están confundiendo, pero lo que ocurre es que lo que ha cambiado son las relaciones de poder, y ese cambio no solo se ha dado entre maestros y alumnos, entre padres e hijos, también entre gobernantes y gobernados, entre médicos y pacientes. Antes ibas al médico, no sabías lo que tenías, él te decía lo que tenías y lo que debías hacer. Hoy llegas donde el médico y a veces sabes más que él de tu enfermedad… La escuela está en una suerte de transición donde trata de convertirse en una especie de imitación de la sociedad que los chicos van a vivir en el futuro, como si estuvieran en una preparación permanente. Cuando están en kindergarten ya los están entrenando para que puedan ser asertivos en las entrevistas de trabajo. ¡Hay escuelas donde te dicen “comienza a vivir la universidad en el colegio”! Y mientras la escuela está haciendo presión en este simulacro permanente, afuera los niños tienen acceso a cosas más intensas, más interesantes, más rápidas, más excitantes, y por eso es importante que la escuela redefina su rol.
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— Luces El Comercio (@Luces_ECpe) 12 de marzo de 2017
— ¿Qué es lo más estresante para los niños hoy en día?
El estar siendo medidos permanentemente. Y el problema es que no solo están siendo medidos por otros, por sistemas de evaluación, están siendo medidos también por ellos mismos a través de las redes sociales. Casi no hay semana que yo no tenga que tratar de resolver la destrucción de una reputación a través de las redes sociales, en chicos de 12 o 13 años. Por otro lado, los grupos de WhatsApp de las madres son lo más cercano a la locura colectiva que he visto en mi vida, entre cómicas y patéticas. Es una obsesión permanente. Lo que siento es lo siguiente: el desempeño de las personas es un balance, y si el balance es funcional, si hay una dosis razonable de placer, de goce y de aprendizaje, de crecimiento, está bien. Pero lo que hemos hecho ahora es dividir el desempeño humano en montones de islas que no tienen nada que ver unas con otras y medimos al chico en cada isla. Obviamente, va a haber ene islas en donde vas a estar menos bien de lo que podrías estar. Y para todo eso te mandan a terapia. Hay que llevar a terapia a un niño cuando hay un nivel de sufrimiento claro, un conjunto de manifestaciones disfuncionales agudas que se repiten y que duran en el tiempo. Muchas veces se confunden problemas y sufrimientos que son esperables a una edad determinada. ¡Que un adolescente esté confundido, que no se quiera o que se vea feo es normal! La terapia sirve para desatar nudos que están impidiendo que las fuerzas de la salud prevalezcan. Y la escuela lo que tiene que hacer es definirse como un lugar en donde los niños interactúan, tienen proyectos, crean, bailan, satisfacen su curiosidad, socializan.
— ¿Donde sean felices?
Donde se vacilen, asumiendo responsabilidades y las consecuencias de sus actos con respecto de las otras personas, ¡pero no en esta especie de simulacro permanente de la sociedad adulta! Yo puedo decir que el colegio para mí era un lugar donde me divertía, donde me dejaron crecer en lo que yo hago bien. Y si me preguntas por qué soy profesor te puedo decir lo que le contesté a un profesor que fue mi tutor en el colegio: “porque quisiera que por lo menos algunos de mis alumnos sintieran lo que tú me hiciste sentir: la pasión por preguntar ‘¿por qué?’”. A mí no me interesa enseñar respuestas, me interesa que los niños aprendan a preguntar. Creo que si la escuela fuera menos atosigante, un espacio de mayor libertad, de no lanzar a los niños a una especie de tobogán de la vida de manera anticipada, creo que los padres también tendríamos que asumir la responsabilidad de generar actividades con nuestros hijos, actividades que no tienen que ver con juguetes ni con tecnologías ni con dinero, y eso es perfectamente posible. Siempre lo ha sido y creo que siempre lo será.
— ¿Cómo eran los veranos de su infancia?
Íbamos a la playa, a la piscina, salíamos de picnic los domingos a Chosica o a Chancay, y había otra cosa que hoy cada vez hay menos: el barrio. Recuerdo también cuando me trepaba al techo de mi casa a ver las nubes y compararlas con unos libros donde las explicaban, y me encantaba esconderme en un clóset profundo que había, donde me ponía a imaginar cosas. Y jugábamos con mis hermanos en el jardín de la casa, dramatizábamos películas que habíamos visto en la tele, o veíamos con mis padres “Perdidos en el espacio”.
— ¿Y cómo eran sus castigos?
Nunca me pusieron una mano encima, nunca me pegaron, pero, sí, quizá mi papá a veces dejaba de hablarme, y eso me molestaba mucho.
— Pero eso es más doloroso aún, que te anulen.
Por supuesto. Hubiera preferido una cachetada.
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