Dentro de cada uno se libra más de una batalla: diversas fuerzas fluyen, colisionan o buscan liberarse. El concierto de en Lima empezaba y en la pantalla aparecieron trazos de colores que recuerdan un poco el estilo de Jackson Pollock, el pintor kamikaze habituado a expurgar las fricciones de su inconsciente.

Si todo se va a la deriva, al menos nos queda el baile y el gozo para evitar la resignación (o se recurre a una "celebración negra", como diría Depeche Mode). La música puede paliar la tragedia provocada por nuestras contradicciones humanas o movilizarnos a sortear la banalidad. Hedonismo para pensar.

Depeche Mode salió al escenario instalado en el Estadio Nacional y Dave Gahan, su ‘frontman’ hechicero, lascivo e inagotable de 55 años, entonó el primer tema de la noche: “Going Backwards” (“Retrocediendo”), de su reciente álbum “Spirit” (2017).

La banda se ganó a los asistentes al segundo, pese a que la letra de la canción alude a una catástrofe: “Hemos perdido nuestra alma / El rumbo ha sido establecido / Estamos cavando nuestro propio agujero / Estamos retrocediendo / Armados con la nueva tecnología / Hacia la mentalidad del hombre de las cavernas […] / No sentimos nada adentro”.

Pero el público respondió. Importa la música. Hay esperanza en la oscuridad, como esa flor que se yergue incólume en la portada de “Violator” (1990), uno de los discos definitivos de Depeche Mode.

Para un grupo con casi 40 años de carrera que ha sabido reinventarse (su cimas creativas asomaron en los 90), un acto en vivo no tiene pierde, además de darle nuevos sentidos a su exploración de los impulsos carnales, terrenales o inmateriales.

Ninguna banda que se inició en el synth pop ha evolucionado y sobrevivido como ellos. Tienen hits y municiones que conjugan riesgo, seducción, rock, electrónica y lirismo como para un show de cuatro horas (en Lima tocaron algo más de dos). Las críticas hacia sus últimos álbumes en estudio pertenecen a otro debate. Aquí, ante unas 20 mil personas, sus himnos ("Enjoy the Silence", "Never Let Me Down Again", "Personal Jesus", "It's no Good", "Home") funcionaron como siempre. Dave Gahan, Martin L. Gore, Andrew Fletcher, Christian Eigner y Peter Gordeno (estos dos últimos son los solventes músicos de apoyo) se concentraron en su performance, sin recurrir a guiños populistas o chauvinistas. Gahan giraba, se contorsionaba y derrochaba éxtasis y lujuria.

Gore interpretó dos versiones despojadas de "Insight" y "Strangelove" para ofrecer la cuota de intimidad. Y en más de un pasaje del show, la sugerente ambigüedad de su propuesta fue potenciada por los complementos audiovisuales.

GOZO Y MEDITACIÓN

El artista Anton Corbijn es aliado de Depeche Mode desde hace décadas y responsable de las excelentes piezas visuales de esta gira. El video original del tema "Walking in My Shoes" recreaba un imaginario entre divino y pagano que desafía los prejuicios morales y aboga por el derecho a satisfacer los deseos, así como invoca inquietantemente un aura mística desde su título ("Camina en mis zapatos").

Ahora su nuevo video –visto en el concierto en Lima– se centra en un travesti que se alista para presentarse en un show, como si abogara por la tolerancia y el respeto. Otros complementos visuales notables de la velada fueron los de "Cover Me", "Useless" o "In Your Room".

Salvo en sus temas más políticos ("Where's the Revolution?" es un ejemplo), el compositor Martin L. Gore siempre ha procurado que sus canciones dieran pie a más de una interpretación para abordar la diversidad de fuerzas que anidan en cada uno.

La imagen que proyecta Depeche Mode también ha avanzado  coherentemente hacia esa dirección. El último domingo pudimos comprobarlo en vivo.

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