

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Cuenta el escritor y diplomático chileno José Rodríguez Elizondo que en los años setenta, cuando el Perú de Velasco compraba armamento en Moscú, los soviéticos recibían poco después al agregado militar chileno para ofrecerle lo que hiciera falta a fin de contrarrestar la compra peruana. El mismo vendedor, los dos compradores, la misma factura cobrada dos veces. Medio siglo después la escena se repite con otra bandera, y esta vez no hace falta ningún archivo desclasificado para verla: está en los comunicados oficiales.
Cuenta el escritor y diplomático chileno José Rodríguez Elizondo que en los años setenta, cuando el Perú de Velasco compraba armamento en Moscú, los soviéticos recibían poco después al agregado militar chileno para ofrecerle lo que hiciera falta a fin de contrarrestar la compra peruana. El mismo vendedor, los dos compradores, la misma factura cobrada dos veces. Medio siglo después la escena se repite con otra bandera, y esta vez no hace falta ningún archivo desclasificado para verla: está en los comunicados oficiales.
Los hechos. En diciembre del 2025, el Perú firmó con la surcoreana Hyundai Heavy Industries el contrato para codesarrollar submarinos que se construirán en el Callao, en los astilleros del SIMA, con transferencia de tecnología. Días antes había suscrito con Hyundai Rotem un acuerdo marco para adquirir 54 tanques K2 y 141 blindados a ruedas –una operación estimada en cerca de 1.800 millones de dólares que, de concretarse, sería la mayor exportación militar terrestre de Corea del Sur a América Latina–, mientras Seúl pretende interesar al Perú en el caza KF-21. Es la apuesta industrial-militar más ambiciosa del país en un siglo, y conviene decirlo sin ironía: es una buena apuesta. Reemplaza tanques soviéticos de hace sesenta años y, sobre todo, no compra hierro sino capacidad.
Ahora el otro lado del mostrador. Mientras se firmaban esos contratos, la empresa Hanwha Ocean –competidora directa de Hyundai dentro de Corea– cortejaba a la Armada chilena y a los astilleros de ASMAR con su submarino Ocean 2000 y su fragata Ocean 4500, ofreciendo diseño conjunto, construcción local y transferencia tecnológica: exactamente el mismo paquete. A fines de julio del 2026, una delegación de siete altos ejecutivos de Hanwha, encabezada por el presidente de la compañía, viajó a Santiago acompañando al presidente surcoreano en su gira sudamericana. No hace falta suponer un pacto secreto entre dos empresas rivales para entender lo que ocurre. Basta observar que los ejecutivos viajan en la comitiva presidencial y que la agencia estatal coreana de adquisiciones se reúne con los subsecretarios de Defensa de ambos países. La coordinación no está entre las empresas: está más arriba.
Y aquí es donde el Perú debió ser más listo, sin necesidad de indignarse. Exigir que Corea no venda a Chile habría sido inútil: ningún exportador de armas del planeta concede exclusividad regional, y cambiar de proveedor solo llevaría a otro que también vende al vecino. Lo que sí se puede exigir –y es práctica corriente en la industria– es que lo transferido no se retransfiera: cláusulas de protección de configuración, confidencialidad sobre los parámetros de los submarinos construidos en el Callao, restricciones sobre el know-how cedido al SIMA y a FAME. Un país que aspira a convertirse en polo de desarrollo militar no negocia solo el precio de los tanques; negocia qué sabrá el vecino sobre ellos. Esa es la diferencia entre comprar tecnología y alquilarla.
Cabe preguntarse otra cosa, y no es ingenuidad. El Perú y Chile enfrentan las mismas amenazas reales, y ninguna de ellas lleva uniforme de vecino: rutas de cocaína que salen por el Pacífico, flotas extranjeras que depredan nuestras aguas, tráfico de personas, economías criminales que ya no distinguen frontera. Contra eso no sirve un tanque, pero sí sirven –y mucho– la vigilancia marítima compartida, los drones de patrullaje de largo alcance y los sistemas de inteligencia artificial capaces de detectar en tiempo real una embarcación que no debería estar donde está. Y hay algo más que nos iguala y que ningún proveedor extranjero resolverá por nosotros: los dos países ocupan la misma falla sísmica, esperan el mismo tsunami y evacúan la misma costa. Esa tecnología –sensores, drones de reconocimiento, modelos predictivos– es exactamente la misma que sirve para vigilar el mar, y se desarrolla mejor entre dos que por separado. Dos países que compran a dos proveedores rivales pagan dos veces por lo mismo y terminan, además, con equipos que no pueden operar juntos. Coproducir, estandarizar, comprar en conjunto: no es una fantasía diplomática, es lo que hicieron Brasil y sus socios con el avión de transporte KC-390, y lo que hace Europa desde hace cuarenta años. No ocurrirá pronto, desde luego, porque el rencor –que el Perú debería dirigir, si acaso, más contra Inglaterra que contra Chile– es más barato que la confianza, y porque a ninguna cancillería le dan votos las alianzas con el país del que uno lleva un siglo desconfiando. Pero convendría al menos nombrar el precio de no intentarlo. Ciento cuarenta y siete años después de que un mineral nuestro terminara en manos inglesas, seguimos pagándole a extranjeros por el privilegio de temernos. Es el único negocio de la región que jamás ha tenido una mala temporada.













