Todo lo que sabía previamente sobre China y Asia en general se queda corto. Esa ha sido la primera comprobación de un viaje de Seúl a Hong Kong, de Hong Kong a Shenzhen y luego a Shanghái.
Las naciones que liderarán lo que queda de este siglo son las que decidieron, con visión de Estado, construir su prosperidad sobre tres pilares: ciencia, tecnología e innovación. No todas lo lograron, pero las que sí lo hicieron son hoy, sin excepción, las que ofrecen a sus ciudadanos más ingreso per cápita, más movilidad social y más futuro.
El título no es licencia poética. Es el nombre de la teoría económica que en el 2025 ganó el Nobel de Economía: Philippe Aghion, de la London School of Economics y el Collège de France, lo compartió con Peter Howitt y Joel Mokyr por explicar cómo la innovación impulsa el crecimiento sostenido. La tesis, formalizada a partir de la intuición de Schumpeter hace ocho décadas, sostiene que el crecimiento de largo plazo no ocurre a pesar de la disrupción, sino gracias a ella: cada innovación desplaza tecnología, empresa y, muchas veces, empleo, y ese reemplazo continuo es el motor de la prosperidad.
No existe mejor laboratorio en tiempo real de esta teoría que China. Shenzhen y Shanghái son una sociedad organizada -a nivel de Estado, empresa y universidad- para que lo nuevo reemplace a lo viejo sin pausa.
Más allá de los gigantes conocidos como Tencent y BYD, han emergido ByteDance, Nio, Xiaomi, Shein y Temu, entre otros que confirman el postulado de Aghion. Shein es, sola, un argumento a favor: fundada en el 2008, superó en ingresos a Zara -fundada en 1975- en solo 14 años. Entre el 2018 y 2025, sus ventas pasaron de US$1.400 millones a un estimado de US$56.000 a US$60.000 millones: más de 3.000% de crecimiento en siete años. BYD, por su parte, tiene hoy 110,000 ingenieros, la mayor plantilla de I+D de la industria automotriz mundial. Esto no es manufactura barata: es una apuesta deliberada y medible por ciencia propia.
Hace 40 años, Shenzhen era un pueblo pesquero de menos de 30.000 habitantes. Hoy su PBI supera los US$500.000 millones, comparable al de Noruega. Solo uno de sus distritos, Nanshan, tiene un PBI per cápita de US$77.000, superior al de gran parte de Europa Occidental. No fue accidente de mercado: fue una Zona Económica Especial sostenida cuatro décadas con visión de Estado.
La evidencia comparada lo confirma: en la última década, Corea del Sur pasó de US$27.000 a US$36.200 de PBI per cápita (+34%) y Taiwán de US$22.000 a más de US$33.000 (+50%), apostando por ciencia propia; Vietnam y Polonia, entre el 70% y 100%, insertándose con inteligencia en cadenas de valor ajenas. El Perú, en cambio, apenas creció entre el 8% y 11%, con una inversión en I+D de solo 0,16% del PBI, muy por debajo del 5,2% de Corea del Sur, el 4% de Taiwán, el 1,4% de Polonia o el 0,4% de Vietnam.
China tomó el modelo imperante del siglo pasado, lo mejoró y lo convirtió en un nuevo paradigma, al punto de liderar hoy campos científicos, tecnológicos e industrias enteras, sin ningún complejo en hacerlo. Y ya no es la única: varias naciones -asiáticas, pero también de Medio Oriente y África- construyen su propia versión de ese modelo.
¿Y nosotros, cuándo?
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