La transición presidencial no es un intervalo ceremonial entre la proclamación y la juramentación. Es quizá la primera y más breve ventana de gobernabilidad de un nuevo gobierno. En ese período, la presidencia electa, entendida como el equipo político, técnico y estratégico que empieza a organizar el próximo gobierno, debe convertir una campaña ganadora en una arquitectura mínima de conducción estatal.
La experiencia comparada sobre transiciones de gobierno muestra que este momento cruza tres dimensiones: política, administrativa y estratégica. En el Perú, esa dinámica se expresa en la oficina de la presidencia electa y en los equipos de transferencia de la gestión gubernamental, que reciben, ordenan y procesan información del gobierno saliente para asegurar continuidad del Estado.
La dimensión administrativa es silenciosa pero decisiva. Los equipos sectoriales revisan informes, identifican urgencias, contrastan promesas con restricciones reales y preparan insumos para el mensaje a la Nación y la política general de gobierno que deberá presentarse al Congreso. Sin esa lectura, el nuevo gobierno llega al poder con discursos, pero sin mapa.
La dimensión política es la más visible y, en un escenario polarizado, la más urgente, más aún cuando la polarización puede convivir con demandas inmediatas por seguridad, clima y gestión de emergencias. Allí se negocian respaldos, límites y señales de gobernabilidad con fuerzas políticas, bancadas y actores sociales. No se trata solo de conseguir votos para la investidura o evitar bloqueos tempranos, sino de definir si el gobierno empezará articulando un mínimo de estabilidad o administrando una crisis desde el primer día.
La dimensión estratégica ordena lo anterior. La presidencia electa debe definir prioridades, el relato inicial y la arquitectura de mando. Porque no basta ganar el gobierno si no se construye capacidad real para conducirlo desde el primer día. El primer ministro no puede ser una figura decorativa ni el Gabinete una simple señal de equilibrio político. Cada ministro necesita una línea ejecutiva consistente, con viceministros alineados, un secretario general solvente, direcciones generales capaces y, en organismos públicos claves, una conducción claramente articulada con la cabeza del sector. De lo contrario, los ministros no gobiernan, administran tensiones.
Lo que está en juego estos días no solo es la composición del Gabinete. Es si el nuevo gobierno aprovecha su primera ventana de gobernabilidad para ordenar poder, información y equipos antes de asumir. Gobernar empieza antes del 28 de julio. El poder no se improvisa, se organiza.
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