Mientras el mundo reconfigura sus reglas comerciales en medio de tensiones geopolíticas, subsidios industriales y nuevas cadenas de valor, la reciente Conferencia Ministerial de la Organización Mundial del Comercio (MC14), realizada en Camerún, dejó una señal inquietante: el sistema multilateral no se ha roto, pero claramente está bailando con la fea. Y lo más preocupante es que, en el Perú, buena parte del debate político ni siquiera parece escuchar la música.
Los resultados de la MC14 fueron, en el mejor de los casos, modestos. Se logró extender nuevamente la moratoria sobre aranceles al comercio electrónico, una medida clave para la economía digital global, aunque sin carácter permanente. En subsidios a la pesca, se avanzó en la discusión, pero sin cerrar las brechas pendientes sobre subsidios dañinos. Y, como ya es costumbre, la agricultura volvió a quedar atrapada en el estancamiento. Más grave aún, la reforma del sistema de solución de controversias –el corazón del esquema basado en reglas– sigue sin resolverse. La parálisis del órgano de apelación persiste, debilitando la capacidad de la OMC para hacer cumplir sus propias normas. Sin mecanismos efectivos de cumplimiento, las reglas se vuelven declaraciones de intención, y el incentivo a respetarlas se diluye. Este cuadro no es menor. La economía global atraviesa una fase de reordenamiento acelerado. Las tensiones entre Estados Unidos y China, el uso creciente de subsidios y políticas industriales, y la reconfiguración de las cadenas globales de valor están desplazando el eje del comercio hacia acuerdos regionales y arreglos entre grupos de países. La OMC, en cambio, avanza con dificultad bajo el principio de consenso, que hoy funciona más como mecanismo de bloqueo que de cooperación.
En ese contexto, el comercio internacional sigue siendo vital para economías como la peruana. Las exportaciones representan alrededor del 30% del PBI y han sido un motor clave de crecimiento en las últimas décadas. Además, el Perú ha construido una red de 23 acuerdos comerciales que le permite acceder a mercados que concentran la mayor parte del PBI mundial. Hoy, China representa cerca de un tercio de nuestras exportaciones, mientras que Estados Unidos y la Unión Europea mantienen participaciones cercanas al 14% cada uno. Nada de esto ocurrió por inercia. Ha sido el resultado de una estrategia sostenida de apertura e inserción internacional, basada en reglas claras y en el aprovechamiento de nuestras ventajas comparativas, particularmente en minería, agroexportación y pesca. Cuestionar ese camino no solo revela desconocimiento, sino que introduce un ruido innecesario en un entorno global ya suficientemente incierto. Y ahí radica una de las mayores preocupaciones. En los debates recientes, el comercio exterior ha estado ausente o, peor aún, ha sido abordado con ligereza. Se habla de revisar acuerdos sin mayor sustento técnico, como si el Perú pudiera aislarse de un sistema del cual depende buena parte de su crecimiento, empleo e inversión. No se trata de negar que los acuerdos puedan perfeccionarse, sino de entender que su revisión implica costos, riesgos y señales que el país no puede darse el lujo de emitir a la ligera.
En un mundo volátil, la respuesta no puede ser el repliegue. Por el contrario, se requiere más prudencia fiscal, mayor estabilidad en las reglas de juego y un impulso decidido a aquellas actividades donde el Perú tiene ventajas comparativas claras. Esto supone fortalecer la competitividad exportadora, reducir barreras burocráticas, mejorar la infraestructura logística y facilitar la integración en cadenas globales de valor. La MC14 deja una lección clara: el sistema multilateral necesita reformas, pero sigue siendo indispensable. Para países como el Perú, que no tienen el peso para imponer condiciones, contar con reglas comunes es fundamental. En ese escenario, las economías intermedias tienen una oportunidad de actuar como puentes entre bloques, defendiendo un sistema abierto, pero adaptado a las nuevas realidades. El problema es que no se puede defender lo que no se entiende. Y hoy, lamentablemente, el debate político peruano parece moverse de espaldas al mundo. Porque mientras el comercio global sigue bailando –aunque sea con la fea–, el Perú no puede darse el lujo de quedarse sentado. Mucho menos de no enterarse.
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