El horror que se vive en Venezuela no tiene límites y esta situación hunde sus raíces en la historia. No hay más que recordar su brutal guerra de independencia (1810-1823), un conflicto sangriento que derivó en una guerra civil que al escalar –con un devastador terremoto de por medio– provocó una dramática caída demográfica. En un contexto de hambruna generalizada, edificios en ruinas, especialmente en La Guaira, y el reforzamiento de la autoridad colonial, que usó la catástrofe para producir la narrativa de que fue un castigo divino contra los patriotas, cobra sentido el decreto de “Guerra a muerte”, promulgado por Simón Bolívar. Sin embargo, ni la implacable decisión del libertador, quien radicalizó el proceso rupturista planteando la disyuntiva de adherirse a la república o, en su defecto, morir ejecutado, salvó a sus seguidores de lo que vino después. De ello da cuenta la actuación del jefe realista Tomás Boves, para quien su principal estrategia fue exacerbar la guerra de castas y promover el terror, además del reparto de prebendas entre sus llaneros. Se cuenta que el cabecilla de la llamada Legión Infernal usó viejas rencillas sociales para asesinar a diestra y siniestra a los blancos, en especial a los mantuanos, y amenazar con castigos terribles, como la amputación de sus piernas, a los llaneros que osaran traicionar la causa realista.
La violencia, la marginación social, la lucha a muerte por el poder y la destrucción de instituciones y recursos, además del robo armado como consigna estatal, definen la historia de una república que ayudó a sellar la independencia regional en Ayacucho. Del recuerdo de esa solidaridad, en medio de sus múltiples tragedias, y de mi entrañable amistad con colegas y amigas venezolanas –pienso en Carolina Guerrero, Ainai Morales o Zelma Acosta-Rubio–, nace la inmensa tristeza que me embarga ante un nuevo martirologio, ahora causado por una cleptocracia cruel y asesina, que Estados Unidos avala y protege. Porque ya no es novedad que Delcy Rodríguez, la mejor amiga de José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente del Gobierno Español y acusado de actividades delictivas, entre ellas lucrar con el hambre y dolor de Venezuela, carece de legitimidad. Ella, quien culpa a “laboratorios mediáticos” del caos de una tragedia que pudo evitarse o al menos amortiguarse, jamás fue electa para la recatafila de cargos que ostentó en la organización criminal chavista. Esto incluye sus años de docilidad absoluta frente al rufián Nicolás Maduro, a quien traicionó. En un país donde perros entrenados para rescatar víctimas de catástrofes sustituyen a un “Estado”, al que lo único que le interesa es ocultar sus delitos –como avalar la construcción de edificios sin seguridad o amedrentar rescatistas–, las ganas de vivir de los venezolanos siguen estremeciendo el alma. Porque cuando debimos ayudarlos se miró al otro lado y ahora sabemos que el dinero ensangrentado del petróleo logró comprar todas las conciencias, hasta la del ‘príncipe’ Zapatero, como lo llamaba su comadre Delcy. La complicidad del miembro del PSOE con un narcoestado, cuyas perversiones eran por todos conocidas, no hace más que corroborar una corrupción global que tiene como eje el copamiento interno y externo de instituciones, que una riqueza, ahora dilapidada, compró a lo largo de varias décadas.
Y como las traiciones, especialmente las emanadas de una corrupción justificada por una ideología hueca, tienen consecuencias en el mundo real, me permito recordar el relato de un rescatista anónimo, que no soportó el llanto ante el hallazgo de los cuerpos de decenas de niños que murieron en La Guaira mientras celebraban un cumpleaños. Su frase “esto es muy fuerte” también puede aplicarse a la historia de esos 150 venezolanos deportados por Estados Unidos, entre ellos varios niños, enterrados entre los escombros de edificios construidos con tecnopor. La Venezuela errante y desarraigada por una miseria inmerecida dio su cuota de sangre en esta hecatombe, cuyas consecuencias son imprevisibles. Hace unos años, Paula Vásquez escribió “Poder y catástrofe”, libro pionero en el cual, a partir de la tragedia de Vargas (1999), analizó “la apropiación burocrática y política de la desgracia” por parte del chavismo, que incluso tuvo la desvergüenza de crear el término de los “dignificados” para perpetuarse en el poder. Ahora que el Estado criminal creado por Chávez está en manos de bandidos desenmascarados y enmudecidos, es imprescindible alzar la voz en defensa de una Venezuela libre, próspera y feliz.
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