El nacionalismo fue una de las ideologías decisivas de los siglos recientes, y aunque hoy pase por una corriente más criticada que ensalzada, sigue siendo una fuerza cultural importante en el orden mundial y el desarrollo económico. Entendido como el amor a la nación a la que se pertenece y el deseo de verla brillar sobre las demás, el nacionalismo fue fundamental para la organización de los países en estados nacionales en los siglos XIX y XX y para que, dentro de estos, la población alimente un sentimiento de unión que haga de sus miembros una comunidad integrada y semejante, al margen de las diferencias de riqueza, posición social o ubicación geográfica que exista entre ellos.
¿De dónde brota el nacionalismo? ¿Cómo así nace y se fortalece, o lo contrario? Este ha sido uno de los grandes temas de debate académico, que entre nosotros ha tenido también lugar, especialmente entre los historiadores. Heraclio Bonilla, quien fue profesor en las Universidades de San Marcos y Católica y más tarde en la Nacional de Colombia, partió de la tesis marxista de considerar que el nacionalismo era una actitud que surgía con el capitalismo en su lucha por consolidar un mercado nacional, y que su impulsor era la burguesía; es decir, la clase social favorecida con el desarrollo capitalista, por ser la dueña de los medios de producción más importantes. Países de economía precapitalista y dependiente como el Perú estaban condenados a carecer de nacionalismo o a tenerlo débil, por la fragilidad de su burguesía, que de ordinario dependía de la alianza y apoyo de poderes externos.
En los grandes procesos políticos del siglo XIX, como fueron en el Perú la independencia y la guerra del salitre, el nacionalismo habría brillado por su ausencia, o se encarnó apenas en unas pocas figuras que, comprensiblemente, hemos erigido en nuestros héroes patrios.
Al planteamiento de Bonilla le salieron al frente otros estudiosos, como Nelson Manrique, quien sostuvo que en países como el Perú el nacionalismo no fue desarrollado por las élites dominantes, sino por las clases populares, que en el siglo XIX eran sobre todo los campesinos. Quienes formaron guerrillas que hostigaron a los ejércitos realistas y chilenos en las guerras del siglo XIX fueron los campesinos de regiones como las sierras norte y central. ¿Qué los movió a hacerlo, en medio de su pobreza? Manrique pensaba que el amor a la patria. A lo que Bonilla replicó que los campesinos se organizaron para la defensa, solo cuando sus recursos fueron amenazados o saqueados por los ejércitos realista o chileno, pero que mientras esto no sucedió, la guerra a ellos no les incumbía.
¿Podía existir un nacionalismo popular, donde las élites carecían de este sentimiento? ¿Había países donde el nacionalismo crecía de abajo hacia arriba y no al revés, como sostenía el marxismo clásico? Este fue uno de los debates sostenidos entre los historiadores peruanos en las postrimerías del siglo pasado y cuyos ecos llegan aún hasta nosotros.
Heraclio Bonilla y Nelson Manrique acaban de dejar este mundo en el inicio de este año 2026. Ambos nacieron en la sierra central en los años cuarenta; estudiaron en colegios y universidades nacionales. Fueron intelectuales de nuevo tipo, que no habían nacido en la Ciudad de los Reyes ni en hogares acomodados. Iniciaron investigaciones sobre temas novedosos en el país, como la historia de la producción agrícola y ganadera, la formación del proletariado minero en los campamentos de la sierra, la organización de mercados regionales o las consecuencias de las grandes crisis económicas en nuestra historia.
El uno con una prosa fría pero elegante y armoniosa, el otro con un estilo más llano y polemista han dejado una obra copiosa y rica en ideas. A ella nos toca acudir cada vez que sintamos la urgencia de explicarnos fenómenos como el nacionalismo, que en nuestra polarizada patria bien haríamos en reforzar.
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