Es 30 de julio. La Cámara de Comercio de Santiago celebra su 107 aniversario. El presidente chileno José Antonio Kast, en su discurso de saludo, le dice a los asistentes que en los medios de comunicación y en algunos sectores políticos hay debates que copan la agenda y que no son las “ocupaciones principales” de los chilenos. Sin quererlo, o quizá sí, Kast reconoce su debilidad política. Hoy su gobierno es incapaz de colocar la agenda política en los medios, aliados y opositores. En la guerra, la iniciativa es la capacidad de imponer la música al enemigo. En política, la iniciativa se llama agenda y el enemigo se convierte en adversario. Entre el hastío y la frustración de una mayoría de chilenos, a solo cuatro meses de empezado su gobierno, las encuestas dan a Kast -números más, números menos- alrededor de 32% de aprobación.
Observen más a Kast. Pablo Longueira, exsenador y fundador de la UDI, el partido que llevó a Sebastián Piñera a la presidencia dos veces y quien fuera muy amigo del Perú, dijo: “Al gobierno de Kast le falta relato, un día meten una cosa, al día siguiente otra; el gobierno debe volver a meterse en una agenda ciudadana en torno a los grandes temas por los que ganó”. Falta de relato, desorden comunicacional y alejamiento de los “grandes temas”: inseguridad, empleo, el fenómeno El Niño, crisis de la bencina (gasolina en términos chilenos) y la viticultura y, de yapa, los aranceles “trumpianos”.
Ahora volteen la mirada a Keiko porque corre el riesgo de convertirse en este Kast del 32% de aprobación a cuatro meses de haber llegado al poder. Keiko como Kast pueden caer ambos en el síndrome de “falsa esperanza” que sus sociedades han colocado sobre ellos ante los graves problemas sociales, sobre todo el de inseguridad. Más aún porque la imagen que Kast y Keiko proyectaron durante sus respectivas campañas electorales era la de “mano dura y firme” contra la ola de criminalidad e inseguridad, con el peso cruel de la herencia de gobiernos que, ante una parte de la opinión pública, “sí resolvieron problemas” (la dictadura de Pinochet allá y el autoritarismo albertista aquí).
Sigan observando a Keiko porque su pedido de facultades podría caer en la más absoluta trivialidad ante el ciudadano si no logra reordenar su comunicación política (el relato) y apretar sus prioridades a pocos días de haber asumido el mando. ¿Puede ser el otrora antifujimorista ministro Juan Sheput el único vocero del gobierno naranja?
Mientras Juntos por el Perú rechaza de plano todo pedido de facultades y es altamente probable que la bancada del Partido del Buen Gobierno haga lo propio bajo otras formas o cambie las líneas sustanciales de la propuesta del Ejecutivo, en las noticias de horario ‘prime’ la gente ve que los asaltos y asesinatos continúan como días antes del 28 de julio. A pocos días de instalado, el gobierno fujimorista iría así hacia ese ‘gatopardismo’ del que todo cambie para que todo siga igual. El Gatopardo, esa genial adaptación del libro de Lampedusa que hizo el comunista, aristócrata, gay y a la vez ferviente católico Luciano Visconti para el cine. En los próximos días, si el ‘gatopardismo’ acelera el paso, en los centros de gravedad del poder empezarán los nervios.
¿Cómo hacer entonces? ¿Cómo gobernar -con o sin pedido de facultades incluido- ante una Cámara de Diputados de mayoría opositora que tiende a la obstrucción con sectores abocados a la rápida destrucción de la imagen del gobierno? Quizá la solución esté en la calle, en el imaginario, en ganar la opinión pública. Pero todo depende del relato que el gobierno organice. El fujimorismo podría decir que estamos ante un “nuevo obstruccionismo” de mayoría opositora que amarra las manos a una presidenta que debe cumplir las formas democráticas.
O quizá haya otra solución: Milei en la Argentina. Miren cómo pasó de 37 a 80 diputados en dos años de gobierno cuando tenía las cámaras de diputados y senadores absolutamente en contra. ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo llegó hasta aquí sin haber pasado por pedidos de destituciones serios? La calle fue y es su mejor aliado.
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