Data/ OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.
La edad para morirse
“¿Hicimos bien en ingresar a la facultad de periodismo, oficio tenso, incierto, que se ejerce a toda hora [...], y que puede malograrle el corazón al más entusiasta?”.
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Resumen
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Ocho años atrás, cuando nació mi primera hija, pensé: ahora ya no puedo morirme. Debo ser inmortal. Y aunque no erradiqué del todo mis malos hábitos, me impuse rutinas algo más saludables. Hace quince meses, la llegada de mi segunda hija me hizo renovar aquel compromiso: no puedo morirme; no ahora, no pronto, no antes de verla a ella y a su hermana mayor crecer y convertirse en las mujeres felices, independientes, ojalá plenas, que confío que sean.
Son solo deseos, claro está, deseos nobles y altos como columnas de mármol, pero que se tambalean como palitroques cuando la vida te recuerda la absurda fragilidad del cuerpo y de su entorno. Lo dice bien Joan Didion en ese libro estupendo que es El año del pensamiento mágico: «La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba».
Para los periodistas que estamos al borde de los cincuenta y que profesionalmente hemos crecido en paralelo, la repentina muerte de Jaime Chincha ha sido un mazazo, uno incluso más duro que el que nos asestó la desaparición –también súbita, también de un ataque cardíaco, también a los 48 años– del querido Daniel Peredo en el 2018. No hablo del tamaño de la pena, sino de la fuerza del impacto. Daniel era algunas promociones mayor (como era mayor Álamo Pérez Luna, otro colega que partió este 2025, con 61 años). Jaime, en cambio, es la primera baja de esa generación de periodistas que, con veintipocos años, comenzamos a trabajar en medios de comunicación a fines de los noventa, durante los coletazos de la dictadura fujimorista, y que tal vez por haber presenciado de cerca la caída de aquel régimen abrazamos con convicción la idea –a la larga un tanto ingenua– de que la democracia se había recuperado y que en adelante nos tocaría a nosotros defenderla.
Con Jaime no coincidí tantas veces como nos hubiese gustado, pero tuvimos un par de charlas memorables, una de ellas durante un almuerzo de RPP, donde hablamos largo y tendido acerca del Perú, el periodismo, el fútbol y, lo más vital, la paternidad, un terreno en el que él ya era un experimentado cuando yo recién empezaba a foguearme. Aunque nunca conocí a sus dos hijos, fue en ellos en quienes pensé el domingo pasado apenas conocí la noticia de su fallecimiento. ¿Cómo estarían esos chicos? La muerte de un padre o una madre siempre tiene algo de fin del mundo.
Horas después de ver y ver notas, comunicados, pronunciamientos y pésames, un único tema copó mi mente: los riesgos físicos que supone estar en la llamada «adultez media», la antesala del medio siglo. Esa noche, la expresión «infarto fulminante» no dejó de darme vueltas, y bastó que sintiera un mínimo fastidio cerca del pecho para activar la ansiedad y agendar una cita con el cardiólogo a primera hora. Antes de dormir, me acerqué a la habitación de mis hijas y, como pocas veces, me quedé contemplándolas desde el vano de la puerta.
Por el chat, un amigo que cumplió cincuenta años hace unos meses, tras lamentar juntos lo sucedido con Jaime y coincidir en que extrañaremos su presencia en la pantalla, sus entrevistas, su vocación por el diálogo con los de un lado y los del otro, me preguntó: «¿Ya estamos en edad de morirnos?». No le respondí porque no tengo respuesta. ¿Cuál es la edad para morirse? ¿Hay una?, ¿son todas? Uno llega a esta fiesta –no me convence la metáfora– y vive con la ilusión de quedarse un rato largo, pero sabiendo que la música y las luces pueden apagarse en cualquier momento, incluso en medio de tu canción favorita.
También pensé, desde luego, en la profesión que elegimos. ¿Hicimos bien en ingresar a la facultad de periodismo, oficio tenso, incierto, que se ejerce a toda hora, incluso en los supuestos días de descanso, y que muchas veces contribuye a ahondar nuestra mirada pesimista del mundo, y que puede malograrle el corazón al más entusiasta? ¿Hicimos bien en persistir delante de un micrófono o una cámara, o detrás de un teclado cuando quizá lo más inteligente habría sido desertar, como tantos otros colegas que se refugiaron en la tranquilidad de una oficina privada? Veinticinco años más tarde de aquel inicio prometedor, ¿ha valido la pena todo esto?
Son dudas apremiantes que la tristísima muerte de Jaime Chincha nos deja, al menos a mí, en la obligación de responder.
OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.









