Pocas cosas son tan solemnes en Arequipa como la celebración de su aniversario. El viernes 14 de agosto, la liturgia estuvo a punto de ser profanada por unos impíos a quienes los rituales les importaban dos pepinos: pretendían llevar una demanda política a una fiesta organizada para celebrar al pueblo, no para escucharlo. Cuando la Entrada de Ccapo –el desfile distrital de música, productos agrícolas y animales– estaba por llegar a la Plaza de Armas, la policía retiró entre forcejeos a los transportistas que protestaban contra la municipalidad. Para que continuara la fiesta, primero había que expulsar a los manifestantes.
Pocas cosas son tan solemnes en Arequipa como la celebración de su aniversario. El viernes 14 de agosto, la liturgia estuvo a punto de ser profanada por unos impíos a quienes los rituales les importaban dos pepinos: pretendían llevar una demanda política a una fiesta organizada para celebrar al pueblo, no para escucharlo. Cuando la Entrada de Ccapo –el desfile distrital de música, productos agrícolas y animales– estaba por llegar a la Plaza de Armas, la policía retiró entre forcejeos a los transportistas que protestaban contra la municipalidad. Para que continuara la fiesta, primero había que expulsar a los manifestantes.
El precio del pasaje fue el detonante. En marzo, tras el encarecimiento de los combustibles, las concesionarias exigieron elevarlo a S/1,50. Un acuerdo lo fijó temporalmente en S/1,30 mientras se gestionaba un subsidio estatal. El subsidio no llegó y, cuando la municipalidad anunció el retorno a S/1, las empresas paralizaron rutas y marcharon hacia la plaza. No conviene convertir a los transportistas en mártires. Las concesionarias han aprendido que inmovilizar la ciudad es una poderosa herramienta de negociación. Hubo ataques contra vehículos informales que salieron a llenar el vacío dejado por los buses, y miles de pasajeros quedaron abandonados. El paro fue suspendido hasta el martes, únicamente por el aniversario. Hasta el caos guardó respeto por el aniversario. Esta escena grotesca explica mejor a Arequipa que los discursos jubilares. Mientras las ceremonias exaltan a la ciudad indomable y republicana, “ciudad con fisiología de semilla, pues donde cae un desacierto, brota una revolución”, la ciudad contemporánea, en cambio, ha consentido vivir caóticamente y no podía tomar un bus, comprobando que podía ser tomada como rehén por quienes debían transportarla. Fujimori anunció un subsidio de tres meses para los combustibles y ha prometido sistemas de metro para varias ciudades, incluida Arequipa. La primera medida compra tiempo; la segunda vende utopías. ¿Cuántas utopías resiste Arequipa? De Majes Siguas II al megapuerto de Corío, la lista es inacabable. El transporte público de Arequipa es un problema que se ha abandonado a su suerte.
El contraste con Lima es inevitable. La capital tiene una autoridad autónoma, una línea de metro operativa, otra con más del 83% de avance y dos nuevas líneas en estructuración. Lima continúa siendo un infierno vehicular, pero allí hasta el fracaso tiene presupuesto, contratos y funcionarios. Arequipa recibe mesas de diálogo y proyectos que, como tantas promesas hechas al sur, serán tarde o temprano olvidados. Una ciudad no está ordenada porque el Ccapo consiga entrar en la plaza. Lo está cuando sus habitantes pueden regresar a casa después de la música. Arequipa cumplió 486 años, y por sus calles trazadas para carretas y caballos, impera el orden apocalíptico del sálvese quien pueda.