
Evito ver películas y series de las que todo el mundo habla. Me gusta verlas después –a veces mucho después– para no contaminarme con las expectativas y opiniones ajenas. Pero con “Adolescencia” –la miniserie británica que es tendencia en Netflix– no he podido esperar. La otra noche me senté a verla sin haber leído mucho respecto de la historia, pero sí al tanto del alarde técnico de su rodaje (sus cuatro capítulos fueron filmados sin cortes de cámara, con planos secuencia). Me zumbé los cuatro episodios de un tirón. Tras la escena final, pasé varios segundos delante de la pantalla viendo los créditos, formulándome preguntas una detrás de otra: ¿cuándo se aprende a ser criminal?, ¿de dónde surge la violencia que llevamos dentro?, ¿puede penetrar tanta oscuridad en el corazón de un niño?, ¿cómo, de qué manera?
Ya era de madrugada cuando me fui a dormir; antes me asomé a la cama de mis hijas. Contemplándolas pensaba: con qué facilidad fallamos los padres. Hacemos todo lo posible por no repetir los errores del hombre y la mujer que nos trajeron al mundo, pero ese en sí mismo es también un error. Debido a la obsesión por brindarles a nuestros hijos la confianza, la tolerancia, la complicidad o aquello que nos faltó de niños, muchas veces dejamos pasar detalles, asuntos en apariencia nimios que es donde suelen engendrarse los posibles monstruos. Por darles lo que no tuvimos, dejamos de darles lo que de verdad necesitan.
Al mismo tiempo, creo que la responsabilidad no es solo de los padres. O de la escuela. Hay individuos que nacen con una predisposición al caos que ninguna crianza o educación, por más responsable o profesional que sea, logra conjurar. Podrán frenarla, postergarla, pero no hacerla desaparecer.
Viendo “Adolescencia” pensé en lo que dijo la mexicana Elena Garro acerca de Helena –la hija que tuvo con Octavio Paz–, con quien mantuvo hasta el final una relación llena de compañerismo, pero absorbida por los conflictos. Garro, asombrada de cómo los hijos, a pesar de crecer dentro de la madre y parecer un doble de sus progenitores, escribió más de una vez que en el fondo los hijos son solo «otras personas».
Idéntico es el caso de Otto Frank. Al encontrar el famoso diario que su hija Ana había escrito en la clandestinidad, el padre sintió que la autora de esas páginas «era otra Ana». De ahí su afirmación: «la mayoría de padres no sabe quiénes son realmente sus hijos».
Muy similar es la postura de Sue Klebold, madre de Dylan, uno de los dos adolescentes que en abril de 1999 ingresaron a la secundaria de Columbine, mataron a trece personas, dejaron heridas a otras veinticuatro y acabaron suicidándose. En una entrevista, Klebold se recrimina por no haber estado «más alerta» para detectar lo que ella prefiere llamar «la enfermedad cerebral» de su hijo. En ningún momento pudo referirse a él como asesino (¿algún padre podría?). Para ella, el Dylan que crío en Denver, el «sunshine boy» que armaba altas torres de legos, que creció conversando a diario con sus padres, rodeado de amigos, no podía ser el mismo sujeto que apareció en la portada de Time bajo el rótulo: «El monstruo de al lado».
A mi hija de siete años no le falta mucho para orbitar en esa galaxia lejana que es la adolescencia. Debo prepararme. En la serie se mencionan términos que forman parte de una jerga irreconocible para quienes fuimos adolescentes en los ochenta: se habla de los «Incel», de la «Manósfera», de la «Regla 80/20», de emojis con significados secretos, de misóginos influencers norteamericanos que propagan en sus redes mensajes de alta toxicidad que muchos chicos, lamentablemente, encuentran motivadores.
En ese sentido, “Adolescencia” me resultó pedagógica, instructiva, aclaratoria. Pero no podría decir que me siento listo para criar a un púber; al revés, salí del cuarto episodio como si alguien de pronto hubiera apagado la luz de todas las habitaciones de todos los departamentos de todos los edificios de todas las ciudades. Y hay que verla por eso: porque te hace pensar en lo que heredaste y te hace cuestionar lo que transmites. Sales de ella vacío de certezas, lleno de miedo. Como si fueras otra vez un mocoso de catorce. En mi caso, un mocoso de catorce con dos hijas.

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