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Escarmentar desfigurando, por Carmen McEvoy

“¿Hasta cuándo las mujeres peruanas seremos golpeadas, quemadas, acuchilladas, violadas y humilladas por hombres que se creen con el derecho de gobernar nuestras vidas?”.

Carmen McEvoy Historiadora

Rolando Pinillos

"La moralina que justifica la agresión contra las mujeres no es nada nueva, solo que ahora es más explícita porque se extiende cual mancha de aceite a todos los ámbitos de nuestra sociedad" (Ilustración: Rolando Pinillos)

“Sentí que debía darle un escarmiento” y qué mejor manera de hacerlo que desfigurando un rostro hermoso para que nadie lo admirara. Porque el problema de Eyvi Ágreda, de acuerdo al delincuente que le prendió fuego en un vehículo de transporte público, era que ella “sacaba provecho” de sus atributos físicos. La “falta de humildad” de una joven cajamarquina que decidió labrarse un futuro en Lima y su decisión de no seguir los dictámenes de su acosador (“yo le decía haz esto y no lo hacía”) fueron las razones que lo empujaron a destruirle la vida.

De esta caterva de machistas irredentos que producimos a raudales, también surgió Luis Roberto Pazos Chumo, quien acuchilló, hace unos días, a María Elizabeth Fernández Flores, su compañera de trabajo. La víctima había denunciado a su verdugo en la comisaría de Monterrico un día antes porque, desde hace un mes, era acosada por él.

Alrededor de la misma fecha de la agresión fatal contra Eyvi, quien se encuentra en coma inducido para liberarla del inmenso dolor causado por quemaduras en el 60% de su cuerpo, Francesca Romina Díaz Nole fue asesinada a combazos en Trujillo. “Que la vengan a recoger […] y la entierren porque yo la he matado” fueron las palabras del asesino. La vendedora de periódicos, quien deja a un niño huérfano, provocó la “ira” de Estein Cruz Rodríguez, quien no mostró un atisbo de arrepentimiento en la reconstrucción de los hechos.

Lo más insólito del caso ocurrido en Trujillo, que se suma a los 32 feminicidios y a las 82 tentativas cometidas en el presente año, es que a pesar de que el criminal se entregó a las rondas de Conache (en el distrito de Laredo) y confesó el crimen, luego de ser trasladado a la policía la fiscal de turno –una mujer– ordenó su libertad. La razón: no existía ninguna orden de detención preliminar dictada por el Poder Judicial. Afortunadamente, el asesino fue capturado cuando probablemente huía dejando una vida destruida y un niño que crecerá traumado y sin el amor de su madre.

“¿Hasta cuándo no podré escuchar su voz?” son las palabras de la madre de Eyvi que aún resuenan en mis oídos. También podría agregarse otra pregunta que tampoco encuentra una respuesta contundente de parte de las autoridades: ¿Hasta cuándo las mujeres peruanas seremos golpeadas, quemadas, acuchilladas, violadas y humilladas por hombres que se creen con el derecho de gobernar nuestras vidas?

Y esto no solo va a propósito de las agresiones físicas contra las mujeres –cuya visibilidad crece exponencialmente en el Perú– sino respecto a una más sutil: la simbólica agresión que viven las mujeres y que es el pan de cada día en el mundo académico y profesional. No hay que ver sino el gran escándalo de maltrato, de todo tipo, contra una serie de mujeres, en el seno del comité que otorga cada año el Premio Nobel de Literatura. Porque hasta los más progres –y eso lo conozco de primera mano– responden a los parámetros de una cultura misógina, la cual establece claras diferencias en la manera como se trata a los pares hombres y a las mujeres, a quienes incluso se les da consejos –precedidos de un discurso moralista– de cómo deben decidir sobre sus vidas.

La moralina que justifica la agresión contra las mujeres no es nada nueva, solo que ahora es más explícita porque se extiende cual mancha de aceite a todos los ámbitos de nuestra sociedad. El pensamiento guía “desfigurar-escarmentar” es probablemente una respuesta violenta al empoderamiento de las que ya no aceptan los dictámenes de una cultura machista y prepotente como la que predomina en el Perú. Sin embargo, para desmantelarla habría que empezar a deconstruir su lenguaje, analizando unas prácticas que en su expresión más radical recurren al cuchillo y la comba, por un lado, y a la campaña de desprestigio –pienso en el caso de Arlette Contreras– por otro.

Si nos vamos al diccionario, la palabra ‘desfigurar’ significa ‘deformar, alterar la forma de algo, afeándolo’. Pero desfigurar es, también, desacreditar, refiriendo un acto en el que se alteran sus verdaderas circunstancias. Eyvi, de acuerdo a su agresor, “usaba su belleza para sus fines”, ergo, no actuaba dentro de los parámetros “morales” de la cultura represora.

Respecto a escarmentar, el concepto nos remite al acto de “hacer que una persona aprenda a no cometer un error o una falta castigándola o reprendiéndola severamente”. Así, la espada machista es desenvainada para ejecutar a la mujer, muchas veces con la anuencia de otras féminas que, como una gran mayoría, no comprenden que decisiones como decir no a un requerimiento masculino, ser económicamente autónomas, tener una opinión disidente o simplemente contar con el derecho a equivocarse, provienen de una individualidad que debe ser respetada.

Para mi buena suerte mi madre fue una feminista. No de las que quemaban sostenes, porque tiene 90 años, sino de aquellas de voluntad férrea, 100% fiel a sus convicciones. La más importante de estas era la siguiente: nadie debe decirte qué hacer con tu vida porque al final tu único juez es tu propia conciencia. En estos tiempos de violencia permanente contra nosotras, es importante que el Estado diseñe políticas públicas para protegernos pero también que comprendamos que somos las dueñas de nuestro propio destino y nos asiste el derecho a triunfar y ser felices con nuestros logros, le pese a quien le pese.

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