Un recuerdo que muchas personas tienen del proceso electoral del 2021 es que terminaron peleadas con familiares y amigos cercanos por lo tóxico y agresivo que se volvió el intercambio político, a medida que la ciudadanía se iba polarizando en torno a dos candidaturas presidenciales muy disímiles. En aquellos meses previos a la segunda vuelta, los chats de WhatsApp se volvieron combustibles; la gente se insultó y se depreció por el solo hecho de respaldar opciones distintas frente a tal disyuntiva. Se endosaron con ligereza apelativos como “traidor”, “mal peruano/a” o peores. Nos asumimos como enemigos y nos odiamos por discrepar.
¿Aprendimos algo de aquel proceso electoral que nos sirva para no caer esta vez en lo mismo, o vamos camino a repetir ese trance? No tenemos cómo saber qué candidatos recibirán las votaciones más altas el próximo año en la primera vuelta presidencial y, por tanto, cuánto polarizarán al electorado en la segunda. Pero sospecho que no son muchas las lecciones asimiladas de la experiencia pasada, y que todavía carecemos de guía y herramientas para enfrentar un escenario de alta polarización sin sacarnos los ojos.
Es importante entender aquí que la polarización es consustancial a las elecciones. No está mal per se que la oferta electoral distribuya las preferencias y nos haga sentir que estamos en bandos que compiten entre sí por llegar al poder. Esa competencia puede ser sana en teoría, aunque nunca lo es del todo en el Perú porque caemos con demasiada facilidad en la ridiculización del rival, el uso indiscriminado de falacias e, inevitablemente, los insultos.
Pero el problema mayor es que pasamos de un escenario de la polarización intelectual, que supone tener entendimientos racionales distintos pero válidos sobre la realidad política, a un escenario de polarización afectiva, que ocurre cuando nuestro tribalismo nos lleva a pensar que quienes pertenecen al mismo grupo que nosotros son “los buenos”, mientras que los que están en la orilla de enfrente son “los malos”. Y que, por esa razón, no es solo que tengamos con ellos una diferencia de opinión, sino que damos por hecho que tienen la intención de causarnos daño.
Es fundamental que entendamos que quien vota por un político distinto al que nosotros preferimos no lo hace pensando principalmente en perjudicarnos. Tampoco debemos presumir que su elección brota de la ignorancia o de la estupidez. La realidad es que las personas tienen intereses y experiencias de vida muy distintas, sobre todo en sociedades tan diversas como la peruana, que la democracia tiene que saber cómo gestionar evitando la violencia.
Quizás muchos hayan comprendido post elección del 2021 que el debate electoral era necesario pero que no justificaba liarse en pleitos con amigos o familiares, o compatriotas en general. Porque, además, esos pleitos no llevan a nada. Uno no va a cambiar la opinión ni mucho menos el voto de alguien más si elige agredirlo o ridiculizarlo. Al contrario, lo va a llevar a atrincherarse más en la posición que ya tenía.
¿Qué podemos hacer, entonces, si queremos realmente convencer a alguien más de lo que nosotros pensamos? La intuición lleva a pensar que deberíamos mostrarle al interlocutor cuánta evidencia sustenta nuestras posturas. Pero esta intuición está equivocada. Cuando un país ya está polarizado, las personas tienden a cerrarse incluso más en sus posiciones cuando uno les muestra hechos que las contradicen, sobre todo cuando se piensa que esto parte de una pretendida superioridad intelectual o moral.
Lo que hace la polarización en un país es inhibir la empatía, incluso frente a familiares o amigos en casos extremos. La solución es reconectar con la humanidad de quienes tenemos enfrente, y para eso -recomendación- debemos dejar de discutir estas cosas por chat y hacerlo, más bien, en persona.
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