Hemos entrado de lleno al comienzo de una nueva campaña electoral y, ante la ola de criminalidad, muchos políticos, con cierto tono populista, afirman con vehemencia que la solución es la muchas veces mencionada “mano dura”. Y al igual que en procesos anteriores vuelven a aparecer quienes afirman que al peruano le gustan los regímenes autoritarios. Mas allá de que dicha afirmación sea cierta, nos demuestra el distanciamiento hacia la estructura general del Estado. Pareciera que si no hay mano dura el Estado no existe.
El sociólogo Max Weber teorizó que el Estado se construye a partir del uso legítimo de la violencia, la cual se encuentra organizada, justificada y aceptada por la población para garantizar la supervivencia del Estado. Cada acción represiva tiene un propósito claro, un marco legal y responde al interés colectivo, aunque esto último acarrea debates. Sin embargo, la construcción del Estado Peruano nunca ha estado vinculada con un proceso racional. Las formas de acabar con la disidencia nunca estuvieron construidas racionalmente, más bien fueron luchas entre caudillos que veían al Estado como un botín.
Es entonces que cierto sector de la población termina aceptando la aparición de un régimen autoritario que rompe con aquel caudillismo o democracia ineficiente. Nos sentimos atraídos, creemos que es lo más cercano a tener un Estado; sin embargo, todo lo sólido se desvanece en el aire y el supuesto Estado no es más que una ilusión. Ese autoritarismo corresponde a intereses personales más que a algún proceso de construcción nacional. Al final todo esto nos demuestra que aquella independencia que se proclamó en 1821 nunca se concretó. Actualmente, el Estado ya no tiene enemigos externos que atenten contra su integridad: su principal enemigo es él mismo.