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Héroe sin parque, por Mario Ghibellini

“Para Galarreta, la presidencia del Congreso, más que una pera en dulce, resultó una manzana envenenada”.

monica gonzalez

(Ilustración: Mónica González)

La presidencia del Congreso suele ser una presea codiciada por los casi famosos de la política local. Una especie de Óscar al mejor actor de reparto que para los veteranos puede funcionar como el reconocimiento a una trayectoria larga pero nunca coronada por la candidatura presidencial o el liderazgo partidario; y para los bisoños, como un paso importante en la construcción del rol protagónico soñado para más adelante.

A veces, sin embargo, más que una perita en dulce, resulta una manzana envenenada porque supone la llegada del político en cuestión a su nivel de incompetencia o sencillamente porque lo convierte en el pararrayos de las descargas de ira que la asamblea de yesenias y donayres que preside provoca cada día entre la gente de a pie.

A Luis Galarreta, que en las próximas semanas se despide de tan vistoso cargo, la encuesta de Datum divulgada el jueves pasado le ha traído –o le ha confirmado, más bien– la noticia de que, en su caso, lo que ha ocurrido es esto último.

—Balance y liquidación—

El mencionado sondeo le ha hecho saber, en concreto, que las únicas ligas mayores a las que le ha permitido acceder su paso por la presidencia del Congreso son las de la desaprobación ciudadana. El 75% que registra Datum para él a ese respecto es, en efecto, solo comparable a las cifras que obtienen en el mismo rubro personajes como Keiko Fujimori (74%) o César Acuña (73%).

Pero reflexionemos un momento. ¿De verdad lo ha hecho tan mal Galarreta? ¿No existirá algún gramo de razón en los argumentos de quienes defienden su gestión y atribuyen el deterioro de su imagen a un “descomunal ataque” de fuerzas no identificadas?

Según Daniel Salaverry, por ejemplo, la historia recordará al actual presidente del Parlamento “por haber llevado adelante un proceso de transición constitucional y democrático impecable”. “Los otros hechos que se le cuestionan –ha añadido– quedarán en la anécdota”. Es decir, para él, Galarreta sería en realidad un héroe de la democracia como cualquiera de aquellos cuyo busto se buscará colocar próximamente en algún parque de Lima, solo que nosotros, malagradecidos mortales a los que la fiebre de la inquina política arrasa al primer embate, no nos damos cuenta.

Una tesis novedosa, para ser sinceros. Pero que, por buena que sea la voluntad con que uno la escucha, no consigue despejar la impresión de que se trata de una autojustificación anticipada de parte de quien probablemente lo sucederá en el cargo y, por lo tanto, en el papel de ejecutor de las pequeñas venganzas de la reina y señora de la oposición criolla.

Es indiscutible que en la desaprobación que hoy conoce Galarreta pesan las vilezas y el tumulto de apetitos que caracterizan en estos tiempos a congresistas de toda extracción, pero es claro también que la mayor dosis de responsabilidad en lo que le sucede ha sido y es suya. Su manejo del Legislativo empezó tan mal como el de cualquiera de sus predecesores, pero la fuga de tondero (amenazas a la prensa crítica, votaciones ilegales en el pleno rectificadas sin mayor explicación al día siguiente, apañamientos de jefes de seguridad que hostigan o vigilan a quienes deberían cuidar, etc.) con la que lo viene cerrando sugiere que la estatua ecuestre que sus compañeros de partido le quieren esculpir no encontrará ni ahora ni más tarde parque que la acoja.

Podrán ensayarse balances distintos de su gestión en el futuro, pero la liquidación ya la anticipó él mismo.

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