Antes y después de que Bruno Pacheco pasara a la clandestinidad, el presidente Pedro Castillo era el principal gestor de garantizar que el ex secretario general de Palacio se mantuviera en silencio. Ya sea aprobando la entrega de dinero para que no hable, darle empleo a sus allegados o buscar la manera en que consiguiera un asilo político. Pero como no podía actuar de manera directa, sus directrices eran ejecutadas por otro de sus hombres de confianza: Beder Camacho.

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