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Los 25 años de Rafael: el restaurante donde el lujo no se ostenta, se ejerce
El restaurante de Rafael Osterling cumplió veinticinco años en los que ha desarrollado una cocina de técnica invisible y constancia donde todo encaja con naturalidad.
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
Rafael Osterling, una cocina constante en técnica y producto. Además tiene otros restaurantes: Mercado, Picnic y Rocco, en Lima. Romeo Osteria, Oficial y El Francés, en Bogotá. (Fotos: Richard Hirano)
El Rafaelcumple veinticinco años, sin relatos épicos, sin narrativas territoriales, sin productos extraños de comunidades remotas en los confines de la selva. El Rafael tiene una identidad sólida que, con constancia, su dueño Rafael Osterling ha sabido mantener vigente desde el principio hasta hoy. Quizá porque es una extensión de él mismo: una forma de entender la cocina ajena a las tendencias.
Este no es un lugar para quienes disfrutan de lo ostentoso ni para quienes encuentran placer en la rareza. Aquí el lujo no se ostenta: se ejerce. Está en la iluminación perfecta —cálida, acogedora—; en la temperatura, ajustada grado a grado durante la noche; en las obras de arte, indicios de la personalidad del dueño. Entrar en este salón es ingresar al mundo privado de Rafael Osterling.
Tomates heirloom, fresas, piñones y atún se articulan en una ensalada donde la acidez es contenida y precisa. Puro umami. (Foto: Richard Hirano)
Tikka Masala de camarón con arroz jazmín. Aromático, especiado y cremoso, pero en equilibrio. (Foto: Richard Hirano)
Esa continuidad es una forma de lujo: volver luego de dos, cinco o diez años y encontrar las mismas conchitas que tanto te gustaron y, también, algo que te sorprende y entusiasma nuevamente. Son los engranajes de una cocina que funciona a la perfección y sin esfuerzo. Osterling la conduce en diálogo cercano con Rodrigo Alzamora. La barra de Juan Romero acompaña sin distraer y la pastelería de Annia Ortiz cierra con delicadeza una experiencia que va más allá de lo gastronómico. Todo fluye con una naturalidad que oculta la precisa construcción que hay detrás.
Tiradito de atún con castaña amazónica, coco y mango verde: frescura ácida, textura crujiente y balance tropical. (Foto: Richard Hirano)
Flan de mascarpone y caramelo con helado de miel y tuille de macadamias: cremosidad ligera, aroma y contraste de texturas. (Foto: Richard Hirano)
La sorpresa puede estar en la complejidad de una birria de cordero, en la sencillez de un carpaccio de beterraga con hinojo y cashews, o en un tiradito de atún con castaña amazónica, coco y mango verde. Si encuentra un clásico, como un arroz con pato, este es ejecutado a la perfección: la carne laqueada, el arroz jugoso, salsas que acompañan sin robar escena. O ese tikka masala de camarón que pide pan para mojar. Todo servido con un ritmo que no empuja ni acelera, que nos dice que la noche es nuestra. Esa es, quizá, otra forma de lujo: que el tiempo se detenga.
Beterraga en carpaccio, simple en apariencia, pero precisa porque los sabores se sostienen. El dulzor terroso de la beterraga, la frescura del hinojo y la textura de los cashews. (Foto: Richard Hirano)
Basta una sencilla ensalada para entenderlo: tomates heirloom, de piel fina y sabor profundo; una vinagreta donde solo se reconoce más tomate; piñones ocultos que crujen; virutas de atún que aportan umami; láminas de fresa fresca. Tomate y fresa comparten una frescura vegetal, una acidez contenida. El atún sostiene el plato desde la grasa justa. Todo encaja sin reclamar atención.
Hay una sección de diferentes variedades para los amantes del negroni, pero el chic negroni, con sirope de higo, ofrece notas de fruta madura que alargan el final. (Foto: Richard Hirano)
Hay una palabra para esto en italiano: ‘sprezzatura’. La maestría de hacer ver simple lo complejo. Esa aparente facilidad que esconde años de oficio, ensayo y disciplina. Nada parece forzado, nada busca sorprender, pero todo está exactamente en su lugar. Una cocina que no necesita espectáculo porque lo difícil ocurrió antes: en la selección del producto, en la repetición paciente de cada preparación, en una carta que cambia todo el tiempo no para perseguir la novedad, sino para invitarte a volver.
Este es el lujo que no se ostenta: renunciar al ruido, al protagonismo, en un mundo que compite por atención. Como terminar con su flan de mascarpone con tuile de macadamia y helado de miel: cremosidad, textura, aroma. Rafael promete más que una experiencia memorable: te regala la certeza de que saldrás con ganas de volver.
Además…
Claves de los que van siempre
UNA BARRA ICÓNICA
Con vida propia, ha sido siempre punto de encuentro de la escena limeña. Aquí podrá probar su cocina en formato de tapas y la coctelería de Juan Romero, elegante y sin excesos. Como el Successo Spritz, con gin, Lillet Rosé, Aperol, sirope de toronja y tónica.
LAS CONCHITAS DE TODA LA VIDA
Si hubiera que elegir un plato entre quienes vuelven una y otra vez, las conchas a la parrilla ganarían por unanimidad. Conchas frescas de Paracas, mantequilla de limón y ajo crocante. Un plato que no necesita ajustes para seguir siendo imprescindible.