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La crónica publicada en El Comercio el 7 de abril de 1954 —escrita por la reconocida actriz estadounidense Ava Gardner a propósito de su experiencia en África durante el rodaje de la película “Mogambo” (1953), al lado de Clark Gable y Grace Kelly— ofrece una mirada fascinante, pero marcadamente exótica sobre el continente africano y sus habitantes. Lejos de constituir una especie de análisis antropológico, el testimonio de Gardner refleja inevitablemente la perspectiva de una celebridad norteamericana de 32 años que se adentra en territorios desconocidos para ella. Su visión de los llamados “indígenas incivilizados” está moldeada por los estereotipos y el asombro propios de una ajena a esa cultura, observando a las comunidades locales a través de los ojos de una turista privilegiada.
La crónica publicada en El Comercio el 7 de abril de 1954 —escrita por la reconocida actriz estadounidense Ava Gardner a propósito de su experiencia en África durante el rodaje de la película “Mogambo” (1953), al lado de Clark Gable y Grace Kelly— ofrece una mirada fascinante, pero marcadamente exótica sobre el continente africano y sus habitantes. Lejos de constituir una especie de análisis antropológico, el testimonio de Gardner refleja inevitablemente la perspectiva de una celebridad norteamericana de 32 años que se adentra en territorios desconocidos para ella. Su visión de los llamados “indígenas incivilizados” está moldeada por los estereotipos y el asombro propios de una ajena a esa cultura, observando a las comunidades locales a través de los ojos de una turista privilegiada.
Sin atisbos de malicia, pero cargada de los prejuicios occidentales de su época, la actriz describe la naturaleza y a los pueblos nativos con una mezcla de genuina simpatía y maternalismo, retratando a esa África de mediados de los años 50 esencialmente como un escenario exótico, curioso y, a la vez, peligroso, diseñado exclusivamente para el deleite, la aventura y el lucimiento de Hollywood. ‘Mogambo’ se estrenó en Estados Unidos el 9 de octubre de 1953, y en el Perú, el 18 de febrero de 1954. Siendo una película de la MGM, se estrenó en Lima en el emblemático cine Metro, frente a la Plaza San Martín.
Curiosamente, Ava Gardner no se acercó al Perú solo a través de una crónica africana; meses después, el 27 de agosto de ese mismo año, la diva aterrizó en el viejo aeropuerto de Limatambo para disfrutar de unos días de vacaciones en nuestro país.
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“Por espacio de dos meses caminé a través de las densas selvas africanas durante el día, y por la noche dormí bajo un mosquitero en una tienda de campaña. Vi leones, elefantes y leopardos en su natural morada durante el día y escuché los chillidos de los mandriles, el gruñir de los hipopótamos y los aullidos de las hienas en las altas horas de la noche. Observé asombrada a los indígenas ejecutar sus danzas tribales con precisión y artificio. Encontré prácticamente a centenares de incivilizados africanos en sus propios poblados. Gocé de la increíble belleza de un brillante amanecer en las amplias llanuras africanas y me sentí embriagada por la maravillosa y candente puesta del sol, en la frescura de un anochecer sobre el Ecuador.

Probablemente nunca hubiese vivido esos emocionantes y estimulantes momentos, de no haberme designado la Metro-Goldwyn-Mayer para aparecer junto a Clark Gable en ‘Mogambo’, la nueva cinta de aventuras en Technicolor, hecha casi enteramente en el continente negro.
África y las aventuras que Clark Gable, Grace Kelly, John Ford y los demás compartimos durante la filmación de ´Mogambo’ será algo que recordaremos por largo tiempo. Muchos de nosotros proyectamos volver a aquel continente algún día. Porque la mayor parte de África, a pesar de las ciudades sorprendentemente modernas con que cuenta en algunos lugares, es aún una tierra básicamente primitiva donde el peligro acecha tras cada árbol y arbusto. Sus pantanos y sus selvas pueden estar infestados de insectos portadores de enfermedades, y sus montañas y llanuras cuajadas de animales salvajes listos para atacar. Sus días, a lo largo del Ecuador, pueden ser húmedos y calurosos... sus noches largas y no menos húmedas. Pero África, con todo, es sin duda una tierra hecha para las aventuras.
Y, ¿cómo olvidar la simpática ingenuidad de muchos de los indígenas? Los de la tribu amiga Wacomba, por ejemplo, que llegaron a nuestro campamento para aparecer frente a las filmadoras y trajeron sus gallinas, cabras y otras posesiones. Luego durmieron con todo ello en unas pequeñas chozas de adobe. O los Wagenias del Congo Belga, quienes enviaron por delante a tres de sus jefes para que determinaran si los espíritus de sus abuelos se hallaban en nuestra zona, y para que les preguntasen si aprobaban que los componentes de la tribu aparecieran en el film (aprobación, por cierto, que los jefes manifestaron haber recibido de los espíritus). Y los Samburu, de aspecto bárbaro, cuyos jefes aceptaron una suma de dinero a cambio de una danza que la tribu llevó a cabo frente a las cámaras, y luego no sabían que hacer, si donar dicha suma a los misioneros, que les prometieron construir un muy necesitado hospital en su zona, o si usarla para poder cavar un nuevo pozo de agua para su ganado.


Al mismo tiempo recordaremos aun con algo de recelo a aquellos centenares de hostiles negros de la tribu Masai, que nunca sonreían y, blandiendo sus lanzas, daban saltos en el aire en misteriosos movimientos mientras ejecutaban una de sus antiguas ceremonias heroicas frente a las filmadoras. Aún no sabemos que pensamientos atravesaron por sus extrañamente engalanadas cabezas cuando nos miraban.
Igualmente, siempre vendrá a nuestra memoria aquella noche en que un hipopótamo (en realidad considerado por la mayoría de los cazadores blancos como el menos peligroso de todos los animales de gran tamaño) tropezó en nuestro campamento y se enredó en las sogas que mantenían la tienda de Gable, derribando la lona ante los sorprendidos ojos del famoso actor. Y estoy segura que todos rememoraremos por el resto de nuestras vidas aquella noche de luna en que dos inquisitivos leones se pasearon tranquilamente alrededor de la fogata que manteníamos en nuestro campamento y luego se retiraron sin siquiera proferir un leve rugido.


Siempre nos sentiremos orgullosos de los magníficos logros alcanzados por nuestro personal técnico que instaló las tiendas del campamento provisional en la enmarañada selva casi de la noche a la mañana y aprendió a construir “campos de aterrizaje” de 1.650 metros de longitud en cosa de horas, a fin de que un pequeño aeroplano pudiese traernos comida fresca y llevarse el film en Technicolor que debía empaquetarse entre hielo seco y ser transportado a Hollywood en seguida de expuesto.
Nuestros jocosos esfuerzos por conversar con los indígenas en el poblado Swahili; la primera vez que probamos la comida nativa llamada “poshe”, que constituye el alimento principal de la tribu; el caluroso recibimiento que se nos tributó en la mayoría de las villas, donde los indígenas se aglomeraban a nuestro alrededor para saludarnos y pedirnos abalorios y trapos vistosos. Todas esas cosas las recordaremos con gran deleite y emoción.
Y todo ello, o la mayor parte, esperamos vivirlo nuevamente alguna vez en el futuro”.
NoticiasInformación basada en hechos y verificada de primera mano por el reportero, o reportada y verificada por fuentes expertas.










