"La triste involución de Reimond Manco", por Arturo León
"La triste involución de Reimond Manco", por Arturo León
Redacción EC

ARTURO LEÓN

El día que Reimond Manco debutó en el PSV de Holanda me ilusioné. Seguramente ustedes sintieron lo mismo. Pensé que estábamos en frente del futuro crack peruano en el extranjero. El próximo Farfán, Pizarro, Vargas o Guerrero. Uno creía que Reimond llegaría a ser como ellos o más, incluso. ¿Cómo no imaginarlo así en ese momento? El chico había sido elegido mejor jugador del Sudamericano Sub 17 (por delante de un colombiano y un brasileño, nada menos). Tenía talento, era rápido, técnico, atrevido, hábil. Era todo lo que uno describe normalmente de un jugador 'distinto'. Sin embargo, de aquel joven que brilló en el Mundial hoy no queda prácticamente nada.

Lamentablemente, la prioridad en la vida de Reimond Manco no es el fútbol. El deporte que le da comer, que lo hizo famoso, que le dio portadas en todo el país, que lo sacó de la pobreza junto a su familia, nunca fue tomado por él como una profesión. Manco nunca fue un profesional del fútbol. A sus 23 años puedo asegurar que suma más problemas que goles (10 en total en clubes) en su carrera. Y si no me creen miren este . Hace poco nomás un periodista chiclayano denunció haber sido agredido en una discoteca por el futbolista formado en Cantolao. Por eso y por supuestamente haberle faltado el respeto al jefe de equipo del UTC, fue despedido por el club cajamarquino.

Manco no escarmienta. También lo echaron en México y de Aurich. En siete años ha jugado en ocho equipos. Síntoma de que nunca se estableció donde estuvo. Es ‘caserito’ de los programa faranduleros por sus salidas nocturnas, sus declaraciones polémicas y relaciones con diferentes mujeres del espectáculo. Está claro que eso le debe gustar más que el fútbol. Es así desde el 2008 y no tiene cuando parar. Después de ser el atacante más prometedor del fútbol peruano tras su aparición en el Sub 17, no hay año en la vida de Manco que haya transcurrido de forma normal, tranquila, lejos de los escándalos. Y oportunidades para reivindicarse tuvo. Markarián lo convocó a la selección el 2010, lo hizo jugar y Reimond le pagó escapando de la concentración en Panamá para ir a un casino. Jugó en México y hasta fichó por un equipo de Qatar, pero nada. Volvió al pobre fútbol peruano. Ávila, de su misma ‘promoción’, ha jugado 74 partidos más que Manco. Lo peor: está a punto de jugar en Segunda División con Gálvez.

El 2013 dio indicios de querer salir adelante. Mantuvo una regularidad en el UTC de Cajamarca, equipo con el jugó 36 partidos del fútbol local. Físicamente se le vio endeble (nunca creció en este aspecto), pero técnicamente mostró destellos de calidad. En nuestro mediocre torneo, Manco hizo lo que quiso con los defensores peruanos aunque, valgan verdades, en pocos partidos redondeó buenas actuaciones. Lo cierto es que jugaba y mal no lo hacía. Hasta que sucedió lo típico: el presidente del club declaró que Manco se presentó a los entrenamientos en estado etílico. A pesar de eso, lo perdonaron. Pero, de nuevo, la ‘joyita’ de Manco hizo de las suyas y esta vez no se salvó.

¿De qué le sirve, entonces, ser talentoso si es captado saliendo ebrio de un bar en la madrugada? ¿De qué le sirve a Reimond jugar bien al fútbol si después de un partido lo denuncian por agredir a un periodista en una discoteca? Manco tiró al tacho su carrera. A estas alturas parece imposible pensar que tiene un futuro más o menos prometedor en el fútbol y eso que joven es. Menos si se va a jugar a Segunda, un torneo paupérrimo. Vuelvo a pensar en el día que debutó con la camiseta de PSV. Entró a los 81 y dio un pase gol. Solo Manco pudo desaprovechar una oportunidad así. Casi 7 años después es echado de un club de mitad de tabla en Perú, está a punto de jugar en Segunda, y lo peor es que ni siquiera parece preocuparle.

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