Diego Marrero

Luego de la crisis financiera del 2008, el mundo vivió un largo período de muy baja inflación. A pesar del fuerte crecimiento económico, influenciado en gran medida por la gigantesca inyección de liquidez por parte de los bancos centrales, este crecimiento se dio casi sin generar inflación.

En un primer momento, la baja inflación se explicó por la contracción económica que generó dicha crisis. Los primeros años luego de la crisis, los países desarrollados tuvieron un crecimiento anémico, que duró varios trimestres. Luego de ello, el crecimiento global fue sostenido por el alto crecimiento de la economía china, lo cual a su vez tuvo además un efecto desinflacionario.

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Por mucho tiempo, China fue un proveedor global de mano de obra barata, lo que permitió una fuerte reducción de costos y una presión a la baja en la inflación. Al mismo tiempo, surgieron diversas tendencias globales y cambios en los patrones de consumo, como por ejemplo la digitalización de la economía y la optimización de las cadenas de suministros, que generaron fuertes presiones para abaratar costos.

Adicionalmente, el abaratamiento del crédito, producto de la significativa reducción en las tasas de interés, también contribuyó a una reducción en los costos financieros de las empresas. Finalmente, la revolución de la industria de ‘fracking’ en Estados Unidos generó una reducción del costo energético, que se tradujo en una fuerte presión desinflacionaria.

Sin embargo, este período desinflacionario llegó ya su fin, y ahora existe una serie de factores que hacen que la inflación estructuralmente sea más alta que en el pasado.

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1) Se acabó la mano de obra barata. Por el lado de los países desarrollados (EE.UU. y Europa), la disponibilidad de mano de obra cada vez es menor, y esta ha sido una de las principales causas de aumento de los costos y de reducción de la producción. Por el lado de China, la situación es más estructural, pues el cambio en su modelo económico y demográfico significa, entre otras cosas, el fin de la mano de obra barata.

2) La migración de las cadenas productivas. Estas han pasado de buscar ser más eficientes a buscar ser más seguras. Tanto la guerra comercial y los conflictos geopolíticos recientes como las lecciones aprendidas del COVID-19 ha hecho que muchos países redirijan su producción a lugares que favorezcan la fluidez de su abastecimiento, muchas veces asumiendo mayores costos.

3) El fin de la energía barata. Debido a la masiva subinversión por parte de los países desarrollados en energías fósiles, producto de las tendencias ESG, se ha generado un fuerte desbalance entre oferta y demanda que no se va a solucionar en el corto plazo. La ilusión de transformar la matriz energética hacia una mayor dependencia de energías limpias como energía solar o eólica hasta el momento no ha dado resultados.

Si bien los niveles de inflación actuales (cercanos al 10%) probablemente no se mantengan, sí podríamos esperar niveles más cercanos al 5% para los siguientes años; lo cual es casi el doble de lo que estuvimos acostumbrados en los últimos 10 años.

Diego Marrero Gerente de inversiones de AFP Habitat

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