Jorge Paredes Laos

Editor de El Dominical

joparedes@comercio.com.pe

La Asociación El Oasis se levanta temeraria sobre una pendiente rocosa. Las pequeñas casas de madera, pintadas de verde, azul y naranja parecen pegadas al cerro y suspendidas en medio de la nada. Abajo, una cancha de tierra simula ser una losa deportiva; y más abajo todavía, se dibujan las enredadas telarañas de los cables de luz sobre los techos color cemento de las miles de casas de Huaycán. Después de subir por un empinado y estrecho camino de cascajo ganado al cerro, llegamos a la casa de la señora Mariluz Vásquez Cóndor: un solo cuarto prefabricado de 12 metros cuadrados, donde apenas entran dos camas, una mesa, una cocina y un televisor. Su pequeña hija juega con dos cachorritos blancos como extraños copos de nieve, mientras nos alcanza chupetes de maracuyá para refrescarnos después de la caminata y vencer el calor. Más de 30 grados a esta hora de la tarde. Mariluz vive en este lugar desde el 27 de enero del 2010, cuando se produjo la invasión. Fue una de las primeras en llegar aquí. Entonces no había nada. Al costado de la ladera existía un basural, donde se desmantelaban motos y se refugiaba gente brava. “Nosotros le hemos dado vida a este lugar”, dice. 
     Esa madrugada, cientos de personas tomaron la pendiente y comenzaron a repartirse el cerro. “Fue terrible. Llegaron de todos lados y no había lotes para todos. Hubo muchas peleas”, recuerda Elisa Pinto, secretaria de organización de la asociación. Ahora viven en El Oasis 130 familias. La mayoría ha levantado una vivienda prefabricada sobre pircas de piedras. Otros pocos han comenzado a fijar columnas y poner ladrillos. No hay servicios de agua potable ni energía eléctrica, pero se las ingenian para tener luz. La traen por cables desde las casas de Huaycán que están ubicadas 300 metros debajo de la pendiente. Por el servicio pagan a los dueños de las casas entre 70 y 80 soles cada mes. “Es injusto que nos cobren tanto, pero tenemos que pagar… por nuestros hijos”, se lamenta Mariluz. Ella vende desayunos, mientras su esposo trabaja en un taxi alquilado.       

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Según estudios recogidos por la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), el 30 % de la población de Lima Metropolitana vive en las laderas de los cerros. Es decir 2,8 millones de personas. Un fenómeno urbano que no es nuevo en la capital —si pensamos que el emblemático San Cristóbal se comenzó a poblar allá por los años treinta—, pero que en las últimas décadas ha cobrado características dramáticas, sobre todo a partir de 1990, cuando se comenzaron a ocupar las distintas laderas y quebradas que rodeaban los valles de los ríos Rímac, Chillón y Lurín; así como las lomas y arenales frente al litoral. Un tipo de migración y ocupación del territorio caracterizado por una gran vulnerabilidad urbana, económica y social, y sobre todo por el abandono del Estado. Algo distinto a lo ocurrido durante todo el siglo XX.
     Para el profesor Luis Rodríguez Rivero, de la PUCP, estamos frente a una de las mayores transformaciones urbanas de Lima que, sin embargo, no ha recibido hasta ahora la atención que se merece. “Si antes, cuando se ocuparon los territorios planos y semiplanos se generaron respuestas estatales con programas de viviendas sociales como en Ciudad de Dios (1952-1954), Previ (1968), Villa El Salvador (1971-1975) o el propio Huaycán (1983-1984), esta vez no se ha hecho nada. El Estado en las últimas dos décadas solo ha optado por subsidiar créditos hipotecarios para sectores medios, pero no se ha interesado por los grupos menos favorecidos, y no ha desarrollado planes para construir viviendas en laderas ni mucho menos ha trazado alguna urbanización en las partes altas de la ciudad”, enfatiza Rodríguez.
     Debido a este desamparo, la ocupación de estas zonas escarpadas ha ocurrido en medio de una informalidad absoluta. Muchas veces ha derivado en violentos enfrentamientos entre invasores y pobladores de las partes bajas, así como en negocios ilícitos a partir del tráfico de terrenos. “Lo que falta —continúa el especialista— son modelos de ciudad en terrenos de este tipo, referentes de habilitación urbana, de espacios públicos y de tipologías de viviendas que sirvan como ejemplos para quienes viven en estas zonas vulnerables”. Este es el vacío que se ha propuesto llenar Limápolis 2016. Se trata de 14 talleres organizados por la PUCP, que este año se realizarán en coordinación con la Municipalidad de Ate y otros organismos públicos y privados. De esta manera, se pondrá en discusión entre expertos peruanos y extranjeros diversas propuestas para enfrentar el problema de las laderas limeñas. Ese inmenso cinturón que rodea la ciudad. 

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El joven arquitecto Pablo Muñoz Unceta mira la pendiente. Examina la casa de 
Mariluz, protegida de la parte alta del cerro por un muro de contención. Le pregunta si le gustaría vivir en un lugar mejor. “Cuando se construye en pendientes hay que cimentar bien, llegar hasta la roca” —le explica—. Luego, nos mira y dice: “Nosotros pensamos que por un tema de costos y accesibilidad sería mejor levantar edificios multifamiliares en vez de lotes individuales, pues siempre es más caro construir en una ladera y de esta manera los costos se dividen, se densifica mejor el terreno y se dejan espacios para vías de acceso y lugares públicos”. 
     Muñoz, junto con Luis Rodríguez, viene trabajando estas últimas semanas en 14 asentamientos de Ate, entre ellos El Oasis, Valle Amauta, Cerro Candela, Santa Clara y Horacio Zevallos, lugares en laderas donde se desarrollará igual número de estudios piloto como parte de los talleres de Limápolis. En lo alto de Huaycán, Muñoz nos explica que su propuesta consiste en una división de la ladera en tres zonas diferenciadas, con tipos específicos de viviendas de acuerdo a la pendiente del terreno. La idea es partir de un punto de quiebre, donde la ladera empieza a crecer, desde los 0 a los 11 grados de inclinación. Ahí se pueden ubicar espacios públicos y futuros equipamientos. Luego se ubica una zona intermedia, que va de los 11 a los 25 grados, y que sería el espacio ideal para levantar bloques multifamiliares de cinco pisos como máximo. Finalmente, se establece un punto máximo por encima de los 25,17 grados, donde la pendiente es pronunciada, ahí sería no solo más costoso sino también peligroso construir. Afortunadamente, la mayoría de viviendas en laderas se ubica en los espacios permitidos. Solo un porcentaje menor se encuentra por encima de estos límites y necesitaría ser reubicado. 
     La casa de Mariluz Vásquez se asienta sobre una pendiente moderada en un terreno rocoso, una zona recomendable para la construcción de viviendas multifamiliares. Por ello Muñoz se anima a preguntarle: “¿Usted se animaría a vivir en un departamento?”. “¿Cómo es eso?”, responde ella, con temor. Luego, piensa un momento y dice: “¿Un departamento? No, yo prefiero construir mi lote”.   

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En su oficina de la PUCP, el arquitecto Luis Rodríguez cuenta que dos de las mayores resistencias a vencer entre la gente son su negativa a abandonar los lugares riesgosos y a cambiar su ilusión de acceder a un lote o a una vivienda unifamiliar. “Si logramos hacer sentir al poblador que en esta suerte de ciudad vertical es mejor construir edificios de densidad media, pues de esta manera tendrá mejores beneficios que estando sobre la tierra, habremos dado un gran paso”, reflexiona. 
     Para lograr este cambio —sugiere Rodríguez— se requiere rescatar lo positivo de las formas tradicionales de autoconstrucción que existen en el Perú. En el proyecto presentado se prevé por eso dejar espacios libres para la construcción progresiva de la vivienda en el tiempo, a través de labores comunales, algo común en la mayoría de barrios limeños. 
     “Yo creo que la función del Estado es generar referentes y empujar y promover políticas a partir de estos modelos; y la función de la academia es inventar esas posibilidades, mostrarle al Estado que sí se puede cambiar la realidad”, agrega el también promotor de Limápolis. 

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El último gran terremoto que sacudió Lima se produjo en 1974. La mayoría de viviendas que cayeron por efectos del movimiento estuvo ubicada en terrenos arenosos —como en La Molina— y otras fueron afectadas debido a su antigüedad, como las casonas del Centro de Lima, Chorrillos y Barrios Altos. Resulta notorio por ello que esta ocupación de las laderas, informal y precaria, haya surgido y crecido justamente en los últimos 25 años, cuando no ha habido movimientos telúricos de gran magnitud, durante un período que los especialistas llaman “silencio sísmico”. “Eso ha facilitado mucho esta expansión. Lima, además, es una ciudad cuyo clima facilita vivir en forma precaria pues no llueve mucho, no hace demasiado frío y en verano el calor es soportable”, apunta Muñoz.
     Sin embargo, el peligro de un sismo siempre está latente. “En los años 2009 y 2011 las Naciones Unidas e Indeci hicieron estudios sobre el riesgo sísmico en Lima y se llegó a la conclusión de que los lugares más peligrosos son los asentados sobre cerros de pendiente pronunciada y sobre arena eólica; es decir, la que es transportada por el viento”, dice el ingeniero Julio Kuroiwa, uno de los sismólogos más reconocidos del país. En su opinión, en varias laderas limeñas se están generando nuevos escenarios de desastre. “Muchos muros de contención están hechos solo de piedras apiladas que con un sismo de regular intensidad se pueden venir abajo. En el 2010 hubo lluvias intensas en Lima y solo por la humedad en Villa María del Triunfo rodaron piedras de las partes altas y destruyeron varias viviendas. Imagínese lo que pasaría en un sismo”, dice.  
    
Según Kuroiwa, este riesgo se puede reducir construyendo sobre pendientes no pronunciadas y terrenos rocosos. Los mejores, en su opinión, están ubicados al norte de Lima, lejos del mar. “En estos casos el método de albañilería confinada es lo más recomendable —afirma—; es decir, la construcción a partir de columnas de concreto cimentadas, vigas y ladrillos”. 

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En el sector K de Huaycán las escaleras verdes y amarillas trepan los cerros y se pierden entre rocas gigantescas y quebradas sinuosas. El horizonte está poblado de cientos de pequeñas y frágiles casitas de madera, que se esparcen por las laderas como puntos de vida en un desierto hostil. Aquí nos encontramos con Federico 
Godiño, exdirigente central de esta comunidad autogestionaria. Natural de Tarma, llegó aquí el 2000, después de haber trabajado durante toda su vida en las minas de Casapalca. Ahora está jubilado y dedica su tiempo a la dirigencia comunal. “[En Huaycán] estamos en una etapa de consolidación. Hemos superado los pedidos iniciales de agua, luz y desagüe. Y más del 50% de las calles ya están asfaltadas y pavimentadas. Ahora esta problemática se ha trasladado a las partes altas. No es malo vivir en el cerro, lo que está mal es que ni el gobierno local ni el central hayan prestado atención a esta realidad”, dice. “Existen normas que no se están cumpliendo, por ejemplo, cada cien metros debe haber una vía de acceso, pero aquí no se respeta eso. No hay conectividad entre las partes altas y bajas para que la gente pueda acceder fácilmente a los servicios de salud, para que los niños puedan ir al colegio”, agrega. 
     Le preguntamos por la eficacia de las escaleras construidas por la Municipalidad de Lima. “Están bien —responde— cuando eres joven puedes subir, pero ¿qué pasa cuando eres viejo o discapacitado? Por eso se necesitan otras vías de comunicación”.   

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Uno de los participantes de Limápolis será el arquitecto Sharif Kahatt, un conocedor del devenir de la vivienda social en el Perú. “Creo que el problema de las laderas se debe enfrentar desde el diseño urbano, a través de proyectos integrales”, dice. En su opinión el principal reto es generar un nuevo sentido de urbanidad, un nuevo modelo que no trate de imitar lo hecho hasta hoy, sino que pueda crear sus propias lógicas y referentes. “Estos proyectos se deben enfocar en la creación de nuevas infraestructuras para resolver las demandas de movilidad y servicios básicos, pero también nuevos espacios sociales dedicados a la educación y el esparcimiento”. 
     Para Kahatt no existe una respuesta, sino muchos modelos de intervención a partir de la topografía, de la mecánica de los suelos y de las condiciones climáticas. Por eso propone una intervención integral a través de clústeres y estructuras de usos mixtos capaces de integrar el paisaje y el diseño. “Pienso que la adaptación a la topografía debe ser una negociación entre el suelo y el material, por lo que para cada caso será necesario encontrar una respuesta pertinente y posiblemente singular”. 
     La idea de fondo es imaginar en las alturas una ciudad distinta. A eso apunta también el proyecto de Luis Rodríguez y Pablo Muñoz. “Lo que tenemos que hacer es construir un referente de ciudad en ladera para que la gente se dé cuenta de que en realidad está ocupando un terreno fantástico. Un modelo de ciudad alternativo que se convierta en una tribuna excepcional para Lima, desde donde se pueda ver el mar en el día y tener una vista espectacular de noche. Entusiasma pensar que, de pronto, una gran cantidad de gente con pocos recursos pueda lograrlo”, dice Rodríguez. 
     Dejamos Huaycán con la idea de esa gran ciudad vertical y segura que no tenemos pero que podría ser realidad. En la Carretera Central, atrapados en el tráfico de la tarde, vemos decenas de locales que arman y venden casas prefabricadas, iguales a las que pueblan los cerros de Lima. 
¿Algún día se terminará este negocio?