Abby Ardiles

“Ese edificio está chueco, ahí se empotró un coche-bomba”, comentan señalando los vendedores de la calle Tarata, en Miraflores, hacia una edificación que se encuentra en la esquina de la misma vía en el cruce con la calle Schell. Los antiguos comerciantes aún permanecen en el lugar que hace 30 años se bañó de sangre y caos tras el mayor atentado que perpetuó el grupo terrorista Sendero Luminoso en 1992.

Un auto Datsun color guinda y sin placa de rodaje, detonó con aproximadamente 400 kilos de dinamita combinada con anfo (nitrato de amonio con petróleo) en la cuadra dos de la calle Tarata. Justo donde se ubicaban los edificios El Condado, San Pedro, Tarata, Residencial Central y San Carlos. La explosión dejó 25 personas fallecidas, 155 personas heridas y 5 desaparecidos.

Luego de tres décadas de aquella noche, la calle se ha transformado con una vía peatonal amplía donde llegaron nuevos negocios y con edificios renovados. Sin embargo, vecinos y vendedores ambulantes que vivieron la tragedia aún recuerdan el terror.

Vista de la calle Tarata un día después del atentado, el 17 de julio de 1992. La vía luce un panorama desolador. 
Foto: Archivo El Comercio
Vista de la calle Tarata un día después del atentado, el 17 de julio de 1992. La vía luce un panorama desolador. Foto: Archivo El Comercio / EL COMERCIO
Toma actual de la edificación que sufrió varios daños tras la explosión del carro-bomba hace 30 años. 
FOTOS: ALESSANDRO CURRARINO / EL COMERCIO
Toma actual de la edificación que sufrió varios daños tras la explosión del carro-bomba hace 30 años. FOTOS: ALESSANDRO CURRARINO / EL COMERCIO / Alessandro C.

Testimonios

Vestido con terno y corbata, el suboficial superior (r) de la PNP, Segundo Guillén Iparraguirre, narra cómo vivió la noche del atentado. Tras haber servido por treinta años como policía, también dedicó sus días libres a patrullar las calles miraflorinas como parte del serenazgo durante la peligrosa época del terrorismo.

Guillén cuenta que se dirigía con su compañero, Denis. hacía la Municipalidad de Miraflores porque tenían que acompañar a un regidor del distrito. Luego de haber avanzado unos metros, cruzando la avenida Larco, la fuerte detonación los sorprendió. Les tomó unos minutos reponerse de la impresión y se movilizaron hacía la calle Tarata para toparse cara a cara con una escena que jamás pensó ver. “El panorama era un infierno desgarrador”, recuerda.

La detonación lo dejó con afectaciones en el oído derecho. En el hospital le afirmaron que había perdido el 50% de la capacidad auditiva. “Al día siguiente solo escuchaba un zumbido, se sentía raro. Los primeros meses eso me deprimió. Fue muy cruel esa situación”, explica.

Segundo durante días apoyando en la remoción de escombros, la identificación de personas y movilización de heridos. El exalcalde de Miraflores, Alberto Andrade lo reconoció en varias ocasiones. FOTOS: ALESSANDRO CURRARINO / EL COMERCIO
Segundo durante días apoyando en la remoción de escombros, la identificación de personas y movilización de heridos. El exalcalde de Miraflores, Alberto Andrade lo reconoció en varias ocasiones. FOTOS: ALESSANDRO CURRARINO / EL COMERCIO / Alessandro C.

Gisella Alfaro Sánchez tenía solo 18 años cuando fue testigo del terror. Había llegado a su casa solo 20 minutos antes de la explosión. Subió a su departamento, ubicado en la esquina del pasaje Berlín con la calle Tarata y luego de saludar a su familia, entró a su habitación. Desde ahí se percató que el guardia de seguridad del edificio de al lado discutía con una pareja que iba a bordo de un auto, sin sospechar que ese auto sería uno de los dos vehículos usados en el atentado que le quitaría la vida a más de veinte personas en el lugar, entre ellos el guardia.

Registro de la evacuación de heridos y fallecidos durante la noche del atentado perpetuado por el grupo terrorista Sendero Luminoso en Miraflores. 


FOTO: EL COMERCIO
Registro de la evacuación de heridos y fallecidos durante la noche del atentado perpetuado por el grupo terrorista Sendero Luminoso en Miraflores. FOTO: EL COMERCIO / EL COMERCIO

“Era horrible, todo estaba lleno de vidrios, paredes. Donde caminabas pisabas cuerpos sin darte cuenta, piernas, brazos”, declara mirando al vacío mientras recuerda en voz alta a un padre que buscaba desesperado a su hijo Carlos.

Desde esa noche, Gisella evita cualquier contacto con pirotécnicos o artículos que generen ruidos estruendosos. Relata que los primeros años lidiando con el recuerdo estaban cubiertos por el miedo a que suceda algo similar. “Esperemos que nunca más vuelva a suceder algo así”, declara.

Alfaro ahora es madre y está convencida que las nuevas generaciones deberían conocer el terror que se vivió durante el siglo pasado para que nunca más se repita la historia. 
FOTOS: ALESSANDRO CURRARINO / EL COMERCIO
Alfaro ahora es madre y está convencida que las nuevas generaciones deberían conocer el terror que se vivió durante el siglo pasado para que nunca más se repita la historia. FOTOS: ALESSANDRO CURRARINO / EL COMERCIO / Alessandro C.

Treinta años más tarde, el recuerdo sigue latente entre todas las personas que presenciaron el hecho. A los lados de la calle hay árboles adornando la vista, los pájaros de la zona se acercan a ellos. Mario, un comerciante del lugar que también estuvo presente el día del atentado, comenta que es usual que las aves bajen y chillen muy cerca de él para que las alimente.

“Ellas siempre vienen y yo les doy una galletita, me avisan” y, efectivamente, las pequeñas aves cantan para que el señor las atienda. Es tanta la confianza entre ellos, que se llegan a lanzar a entre sus manos. La interacción con las aves, los vecinos y las personas que se acercan a los puestos a comprar, animan los días de los testigos y sobrevivientes para seguir.

Este sábado el municipio miraflorino y la Fundación Juana López, organizarán una ceremonia para rendir tributo a todas las víctimas, sobrevivientes y héroes que lucharon por la pacificación del país. El acto se desarrollará a las 5:00 p.m. al pie del monumento.

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