“La resurrección de Lázaro” (1616), óleo sobre lienzo de José de Ribera, de la colección del Museo del Prado, Madrid.
“La resurrección de Lázaro” (1616), óleo sobre lienzo de José de Ribera, de la colección del Museo del Prado, Madrid.
Enrique Planas

Redactor

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Es el milagro más frecuente en la representación pictórica religiosa: la resurrección de Lázaro, narrada por Juan en el capítulo 11 de su evangelio. El hombre llevaba ya cuatro días en el sepulcro y al Jesús llega al pueblo, Marta, hermana del fallecido, le dice: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. A su alrededor, algunos suspicaces murmuran: “Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?”. Lo que sucedió después es historia conocida: el cadáver, atado de pies y manos, envuelto el rostro en un sudario, sale de la cueva tras escuchar su llamado.

“Cristo sanando a los ciegos” (1570), cuadro del pintor Domenikos Theotokopoulos “El Greco”, expuesto en el Metropolitan Museum de Nueva York.
“Cristo sanando a los ciegos” (1570), cuadro del pintor Domenikos Theotokopoulos “El Greco”, expuesto en el Metropolitan Museum de Nueva York.

No es el sentido de este artículo discutir la naturaleza de los milagros que los evangelios ofrecen de Jesús, eso quedará según las creencias y saberes del lector. Lo que intentamos destacar es su figura como parte de la historia de la Medicina, al demoler un dogma propio de las creencias médicas arcaicas, que postulan la enfermedad como castigo divino por los pecados del enfermo o de sus antepasados. Un pensamiento nacido en Babilonia y Egipto (donde la enfermedad era causada por espíritus malignos) y que, increíblemente, sobrevive hoy entre los grupos religiosos más conservadores.

TIEMPO DE PLAGAS

Según la biblia, las enfermedades que azotaban Judea en los años de Jesucristo eran las infecciosas clásicas: la tuberculosis, la lepra, la viruela y la sarna. Lo que sabemos de la medicina hebrea proviene justamente del Antiguo Testamento, donde se citan leyes y rituales relacionados con la salud: aislamiento de personas infectadas (Levítico, 13: 45), baño obligatorio tras la manipulación de los difuntos (Números, 19: 11) o el entierro de los excrementos en lugares alejados de las viviendas (Deuteronomio, 23: 12). Asimismo, el capítulo 28 del Deuteronomio detalla las muchas maldiciones que le esperaban al pueblo de Israel si caían en la desobediencia. Pero donde mejor se aprecia esta intención punitiva es en el Libro de Job, donde el atribulado protagonista sufre de lesiones e infecciosos furúnculos como parte de la curiosa controversia entre Dios y Satanás.

“Resurrección de Lázaro”, pintura mural al fresco realizada por el pintor italiano Giotto di Bondone, entre los años 1304-1306. Capilla de los Scrovegni de Padua, Italia.
“Resurrección de Lázaro”, pintura mural al fresco realizada por el pintor italiano Giotto di Bondone, entre los años 1304-1306. Capilla de los Scrovegni de Padua, Italia.

En tiempos de Jesús, la ceguera, los defectos físicos y especialmente la lepra eran consideradas enfermedades impuras, y por lo mismo, producto de una maldición divina. Un judío piadoso podía ayudar al enfermo, pero no compadecerse de él, pues era testimonio de un dios castigador que ejercía su poder. Incluso, quien tocara a un enfermo resultaría luego incapaz de dirigirse a Dios en la oración. En razón de ello, les prohibía entrar en las ciudades, obligándolos a mendigar en las puertas de la ciudad.

Un claro ejemplo de estas creencias atávicas lo encontramos en el evangelio de Juan (9:2) cuando al encontrarse con un ciego de nacimiento los discípulos preguntan a Jesús: “Maestro, ¿quién ha pecado para que este hombre haya nacido ciego, él o sus padres?”. Su respuesta es absolutamente renovadora: “Ni él ni sus padres han pecado; sino que esto (el encuentro con el ciego) ha sucedido para que las obras de Dios sean en él manifiestas”. Así, Jesús deslinda con el pensamiento arcaico, como sucede en las curaciones al paralítico de Cafarnaúm recogida en Mateo (9, 1-6), Marcos (2, 1-12) y Lucas (5, 17-26) así como la sanación del tullido en la piscina de Betesdá, descrito en Juan (5: 14).

PALABRA SANADORA

No es casualidad que un pintor como Giotto di Bondone, entre los años 1304-1306 haya empezado la escenificación de la Pasión con su “Resurrección de Lázaro”, ya que fue a consecuencia de este acto que las autoridades religiosas judías decidieron la condena de Jesús a causa de su praxis, milagrosa, médica y, para los poderes establecidos, subversiva. Para gran parte de la sociedad en Judea, Cristo era el médico que curaba tanto el cuerpo como el almas enferma. Ello lo demuestra la escena retratada en Mateo 8, (5-11): cuando al entrar en Cafarnaúm, un centurión se le acerca a Jesús rogándole para que le devuelva la salud a su sirviente, enfermo de parálisis. “Señor, no soy digno de que entres en mi casa; pero una palabra tuya bastará para curarle”, afirma. La fama de Jesús como sanador se había extendido por Oriente y Occidente.

“Jesús curando a un paralítico en Cafarnaúm”, mosaico románico expuesto en la capilla de Sant'Apollinare Nuovo, en la ciudad de Ravenna, Italia.
“Jesús curando a un paralítico en Cafarnaúm”, mosaico románico expuesto en la capilla de Sant'Apollinare Nuovo, en la ciudad de Ravenna, Italia.

Es el mismo Jesús quien se presenta a sí mismo como “médico” en los evangelios de Mateo (9: 12), Marcos (2: 17) y Lucas (5: 31), así como en las cartas del apóstol Pedro. La imagen será luego prolija y extensamente utilizada por los primeros escritores cristianos, en las generaciones posteriores a los apóstoles, como Ignacio de Antioquía, en el año 107 d.C. o Eusebio, primer historiador de la iglesia católica, que describía el ministerio de Jesús con líneas calcadas de los preceptos de Hipócrates. Tal fue el poder del símil que muchos de aquellos cristianos del segundo siglo abrazaban la profesión médica, convencidos que curar cuerpo y alma era algo complementario dentro de la vocación religiosa. Como parte del sincretismo de la época, aquellos curadores devotos tomaron la ciencia médica que encontraron en la cultura romana, ya en si misma prolongación de los saberes griegos, pero sumándole a la receta su doctrina basada en el amor al hombre (desprendiéndose de ello la asistencia al prójimo enfermo. Es a partir de aquí que se empiezan a crear instituciones hospitalarias y de caridad, estableciéndose la condición igualitaria del tratamiento médico, sin distingos de atención entre creyentes y gentiles, hombres libres y esclavos, pobres o ricos. Ya entonces la imagen del médico resulta un reflejo del ejemplo crístico: una fuente de consuelo para enfermos y familiares. Por supuesto, la primitiva medicina cristiana no estuvo libre de apostasías, supersticiones e influencias del paganismo, que añadieron a las prácticas curativas la superstición, los exorcismos, los conjuros y el uso de reliquias, amuletos para los ritos sanadores propios de la confusión religiosa del periodo. Pero preferimos quedarnos con las palabras del protagonista del evangelio: los tiempos de plagas suceden para que las obras de Dios sean manifiestas, a través de las acciones de aquellos médicos, enfermeras y personal de sanidad que hoy cuidan de nuestra vida.

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