"Rómulo y Julita" pertenecen a dos familias enfrentadas por el control del servicio de mototaxis. (Foto: Difusión)
"Rómulo y Julita" pertenecen a dos familias enfrentadas por el control del servicio de mototaxis. (Foto: Difusión)

Han pasado siete años desde el estreno de “¡Asu mare!” (Ricardo Maldonado, 2013), fenómeno de taquilla sin precedentes en nuestro país. Pero también, hay que decirlo, se trataba de un producto mediocre y sin ninguna posibilidad de éxito internacional. El tiempo le tenía reservado –a todos los “Asu mare”– un oscuro rincón de la aún pequeña historia del cine peruano, y es probable que lo mismo ocurra con sus sucedáneas.

Digo esto a raíz del estreno del segundo largo de Daniel Martín Rodríguez, titulado “Rómulo y Julita”, comedia romántica protagonizada por Mónica Sánchez y Miguel Iza, y que trata de reformular, en clave delirante, criolla, callejera y popular, el esquema shakesperiano del amor imposible que sufre una pareja de enamorados, debido a su pertenencia a dos familias enemigas desde siempre.

Y si hemos ligado a “Rómulo y Julita” con “¡Asu mare!”, se debe a que es otra comedia peruana más, entre muchas que no dejan de estar lastradas por lo peor del modelo que Ricardo Maldonado y la productora Tondero inauguraron con la cinta del 2013: recursos de comicidad burda y chacotera, degradación vulgar del ‘slapstick’, delineación infantil y tonta de personajes, y, cómo no, empaque publicitario de la imagen.

Martín Rodríguez venía de hacer “Aj! Zombies” (2017), que, pese a su título, podría definirse también como una comedia romántica. Allí, Anahí de Cárdenas era una chica de clase adinerada que se vuelve motivo platónico del hijo de la empleada doméstica, interpretado por Emilram Cossío. Ellos se ven obligados a huir en una camioneta debido al ataque de los zombis; algo lo que los une, pero solo hasta cierto punto.

Comento la anécdota de “Aj! Zombis”, porque detrás de la comedia chacotera, parece que hubiera una cierta constante, en el cine de Rodríguez, por fabular historias de reconciliación de tipos sociales divergentes. No se trata de lucha de clases, sino de una especie de precomprensión reprimida, de un auténtico gusto mutuo entre grupos sociales históricamente divididos y enfrentados.

Rodríguez estaría buscando, entonces, celebrar una unión romántica como símbolo de una conciliación nacional utópica. Esto lo prueba, también, el hecho de que en “Rómulo y Julita”, frente a la batalla entre dos empresas de mototaxis en el pueblito andino de Berona –la relación de Rómulo (Iza) y Julita (Sánchez) está en problemas por la inquina de esas familias antagónicas–, surge una tercera empresa corrupta de color naranja.

Así, el filme, en su tercera y última parte, hace una clara alusión política con esta nueva empresa de transporte, que de forma directa representa al fujimorismo, para luego denunciar la corrupción al descubrirse la colusión con la alcaldesa corrupta (Ana Cecilia Natteri). Por supuesto, el conflicto de fondo se resuelve con la unión de las familias enemigas, frente a la amenaza de la empresa favorecida ilegalmente por la autoridad.

Pero Rodríguez no se preocupa por tejer, con celo, las tramas de estas desventuras. Prefiere creer que el género de la comedia da licencia para hacer películas donde las subtramas se estorban entre sí, donde se desaprovecha a los actores –lo mejor de la cinta está en la buena química romántica entre Sánchez e Iza–, y donde el lenguaje fílmico está entendido como la exacerbación oligofrénica de usos de la jerga y muecas de caricatura. Por otro lado, la geografía andina da la cuota de colorido visual que, con mezcla de estética publicitaria y tarantinesca, Rodríguez fragua con alegría, pero ninguna rigurosidad. Y la verdad es que, aunque suene irónico, hacer una buena comedia es una cosa muy seria.

MÁS INFORMACIÓN

Género: comedia, romance.

País y año: Perú, 2020.

Director: Daniel Martín Rodríguez.

Actores: Mónica Sánchez, Miguel Iza, Mayella Lloclla, Pietro Sibille, Ana Cecilia Natteri.

Calificación: ★ 1/2.