"Todo es demasiado" de Cristhian Briceño. (Foto: Difusión)
"Todo es demasiado" de Cristhian Briceño. (Foto: Difusión)
José Carlos Yrigoyen

Me enteré de la existencia de (Lima, 1986) cuando adquirí "Breve historia de la lírica inglesa", su primer poemario. Aunque me pareció de un lenguaje cuidado y elegante, se sentía al mismo tiempo demasiado formalista y atado al concepto que lo articulaba. Con su siguiente libro de prosas poéticas, "La trama invisible", mi impresión fue más entusiasta: esa lírica de la cotidianidad, impregnada por un cultismo paródico, alcanzaba picos expresivos poco comunes en la cartografía de la poesía peruana reciente. Después supe que había decidido cambiar de género literario y que publicó un volumen de cuentos, "La literatura en Alaska"; ahora reincide con "Todo es demasiado", tal vez uno de los mejores y más arriesgados libros de narrativa breve que han aparecido por estos lares desde hace buen tiempo.

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Uno de sus más destacables méritos es que confirma el muy interesante momento que está experimentando nuestra literatura fantástica y de anticipación: a los aportes de Alexis Iparraguirre, Yeniva Fernández o Carlos Enrique Freyre hay que agregar estos extraños y subyugantes cuentos de , que componen un universo signado por una ruinosa decadencia, ubicua sordidez y un esquema moral distinto que vuelve rutinaria la atrocidad y obligatorio lo insoportable.

"Todo es demasiado" evoca, en varios sentidos, a "El país de las últimas cosas", una de las primeras novelas de Paul Auster. Comparten su desarrollo en un mundo atemporal, animado por personajes tan siniestros como extravagantes, quienes se debaten en una caótica situación límite colectiva de la que hay que escapar de todas las maneras disponibles, incluyendo la misma inmolación del prójimo. Así ocurre en "Tres visiones para los días lluviosos", donde los habitantes de un pequeño e innombrado país lo abandonan en masa hasta dejarlo vacío, con la excepción del narrador y su delirante presidente, quienes resisten en medio de la desolación y la oscuridad que "aprieta como una mano gigante". En "Los hangares vacíos", el protagonista habla, con cruel y a la vez cómica indiferencia, acerca de la decapitación de su mujer como si de una ordinaria anécdota se tratase, combinándola con alegres comentarios sobre su gusto por los vinos caros y su curiosidad por las costumbres sexuales japonesas. Esta veta obtiene sus mayores réditos en "Timolina", extenso relato en el que un paisaje urbano posapocalíptico ambienta una historia donde la sexualidad desaforada de una pareja convive con la enfermedad de su pequeño hijo y los saqueos y asesinatos selectivos que han reemplazado cualquier forma de convivencia social.

Una obsesión todavía más inquietante es la que recorre cuentos como "De Ray para Dorothy", "Guapo" o "¿Por qué no me separé del fantasma de mi esposa?": la inconmovible alianza entre el mundo de los vivos y de los muertos, la preeminencia de lo tanático sobre el inicio de la existencia, presentada en estas fabulaciones como un acto de parasitismo que solo puede engendrar seres bastardos cuyo destino más prudente es "el tacho de los desperdicios". Esta oposición entre espectros luminosos y nonatos despreciables es elocuente respecto a la perspectiva que imprime a su libro, en la que todo acto o deseo humano oculta una tragedia o una traición; es solo más allá de nuestra turbia condición donde existe la improbable posibilidad de redimirnos.

consigue materializar sus pretensiones mediante un oficio consolidado, una intuición narrativa casi siempre afortunada (casi, pues hay algún cuento, como por ejemplo el que da título al libro, cuyas posibilidades se quedan a medio camino) y el oleaje de una prosa en la que apuntes de una imaginación fértil y lúdica se despliegan y conceden a estas ficciones un encanto y una multifacética dimensión emocional que los convierten en una experiencia única y gratificante a la que vale la pena asomarse.