Dañino ejerció en China la enseñanza de español por décadas. Él afirma: "Como yo tengo fe, creo que Dios soñó para mí algo que ni se me hubiera imaginado pensar: China".
Dañino ejerció en China la enseñanza de español por décadas. Él afirma: "Como yo tengo fe, creo que Dios soñó para mí algo que ni se me hubiera imaginado pensar: China".
Maribel De Paz

Fue catedrático de español durante décadas en China. Autodidacta en su aprendizaje del idioma de Confucio, terminó convirtiéndose en traductor de poetas de dicha lengua y compilador de miles de sus proverbios. De yapa, actuó en una treintena de películas chinas. Infatigable, repasa aquí las lecciones más duras que le dio la vida y ensaya una receta para aquello que la sociedad del ‘selfie’ pareciera querer convertir en caricatura: la felicidad. 

— Alguna vez citó usted esta frase de Confucio: “Si camino con dos personas, al menos una tiene que ser mi maestro”. 

Eso significa que hay que tener una actitud de aprender de todos, no solo cuando va a la escuela, sino de cualquier persona que conozca, y las lecciones que nos pueden dar son muy variadas: puede ser una lección a partir de un maravilloso ejemplo, pero también a partir de una falta, porque las consecuencias de esa falta se ven después, y eso te enseña. 

— Muchos maestros, incluso universitarios, se quejan de la falta de interés de los alumnos. 

En los tiempos modernos hay un gran desapego al aprendizaje que no sea rentable, y todo lo demás, que puede ser cultural, por ejemplo, ya no interesa. Algunos compañeros míos, profesores, me cuentan que tienen que pelear con los alumnos que van con su celular. Y estaba pensando en un detalle: antiguamente el maestro estaba sentado, y por eso se le dice “cátedra”, porque cátedra es la silla, y los alumnos se sentaban donde hubiera lugar, en la ventana o en el suelo, o seguían las clases de pie. Ahora es al revés: ellos están sentados y el profesor está de pie. Aunque yo siempre he dado mis clases de pie, porque así puedes ver a la gente y ellos saben que los estás viendo… No se puede memorizar todo lo que uno ha vivido. Yo tengo 87 años, y cuántas cosas recuerdo que he olvidado. 

— Dicen que mientras uno recuerde que ha olvidado está bien. 

¡Claro! Porque si no recuerdas que has olvidado es peor todavía. Una de las cosas que me enseñó el estudio de la lengua china fue, precisamente, una gran capacidad que yo tenía y que no había advertido en mí: la capacidad de olvidar. Cuando estaba aprendiendo chino colocaba siempre un diccionario en la mesita de noche y antes de dormirme memorizaba dos palabras, la imagen y su sonido, porque hay cinco tonos en chino. No es lo mismo decir ma, que es mamá, que maa, que es cáñamo, que maaaa, que es caballo, o maaa, que es insultar, o ma, que es final de frase. Entonces, yo memorizaba todo eso hasta que me dormía, y si al día siguiente me acordaba de esos dos caracteres estaba feliz. Pero a la semana ya los había olvidado. 

— Usted es el hijo menor de una familia de 17 hermanos. ¿Eso implica que fue muy engreído o muy ignorado? 

Muy engreído, sí. Uno de mis recuerdos de mi primera infancia es cuando mis hermanos mayores me reclamaban: “¿Por qué has crecido?”. Se les acababa el juguete, el bebito. 

— Usted vino a los ocho años a Lima. 

Porque murió mi padre. Él había venido para una operación, pero murió de un paro cardiaco, y entonces nos mudamos acá porque ya teníamos hermanos mayores que trabajaban. Me acuerdo mucho de cuando se despidió de nosotros en Trujillo para ir al médico, cuando yo tenía siete años, y en el momento de darme la mano antes de entrar al taxi que iba al aeropuerto, me dejó cinco soles, que en esa época era una fortuna. 

— ¿Y qué hizo con ese dinero? 

¡Comprar chocolates! 

— Del gran compendio de proverbios chinos recopilados por usted, ¿cuáles citaría como aquellos que más le han llamado la atención? 

Uno de los que yo recuerdo es “Quien no sabe sonreír que no abra tienda”. Y el que le da título al libro: “La abeja diligente no se detiene a libar de la flor caída”. Esto significa que hay gente que se entretiene metiéndose con las personas menos valiosas de la sociedad, las flores caídas, que no tienen vida ni néctar. Y hay otro proverbio que dice: “Lo bueno no sale de tu casa, lo malo diez mil leguas traspasa”. 

—¿Cómo recuerda usted sus propios años de estudio escolar? 

Como años magníficos. Yo he sido alumno de primaria y parte de secundaria de la escuela de pedagogía de la Universidad Católica que dirigían los hermanos de La Salle, por eso me hice hermano después, y recuerdo que me encantaban los profesores. En quinto de primaria nadie cometía una falta de ortografía, sabíamos recitar, dibujar paisajes con acuarela, conjugar los verbos. 

—Una pregunta inevitable: con 87 años, ¿cómo hace para mantenerse tan bien? 

Será porque todo el mundo me quiere y yo también los quiero. 

—Es usted una persona feliz. 

Sí, me considero feliz. Como dice el proverbio chino: “Cuando una persona es feliz no se da cuenta de que el tiempo pasa”. Y yo pasé 35 años en China y no me di cuenta. Cuando yo llegué allá toda la gente vestía la misma ropa. ¿Sabe por qué? Para que alcance hasta para los más pobres. Yo tenía un sobretodo bonito que me regalaron, pero no me lo iba a poner ante la pobreza de los demás, siempre estaba como ellos. Profesores de universidad, que eran mis alumnos, vivían en una sola habitación con toda la familia, con camarotes, con una sola mesa, pero sin embargo eran felices. 

— Recuerdo una frase suya en la que dice que el origen de la felicidad nace en el conocimiento y la aceptación de los principios del holismo, de la relación del mundo interior y el exterior. 

Se trata de encontrarle sentido a tu vida. Es un poco largo de explicarlo, pero le contaré que yo he pasado momentos sumamente duros en mi vida. Cuando entré de hermano a mí me atraía el estudio, pero luego de ingresar me di cuenta de que recién te dejaban estudiar en serio a los 25 años, y por diversas razones hasta los 30 años yo no pude hacerlo, y entonces llegó un superior y me dijo que no me iban a mandar a estudiar por tres razones: porque era un mal religioso, porque nunca me habían prometido nada y porque ya era muy viejo para comenzar a estudiar, lo que me dolió terriblemente. En esa época no podíamos hablar ni preguntar nada, calladitos, pero para mí esto no tenía lógica porque a los malos religiosos se les aleja de formar a los jóvenes para no dar mal ejemplo y yo trabajaba en el noviciado. Tuve un año de depresión, hasta que decidí continuar en la congregación. Me dije: “Vocación es llamado, 'vocare' [palabra en latín que significa llamar]; es Dios el que me está llamando, no yo, y Dios no cambia, y decidí quedarme y dije que estaba seguro de que Dios no se dejaría ganar en generosidad. Pasó un año y me enviaron a Lima para enseñar en la escuela de pedagogía y para comenzar en la Universidad Católica, después me doctoré, fui a estudiar a Francia, y finalmente fui a China. Se me abrió el mundo. 

— ¿Cuál diría que es la principal enseñanza que le ha dado la vida? 

La vida me ha enseñado, primero, que hay que darle sentido, es decir, definir cuál es la razón por la cual has nacido, y como yo tengo fe creo que Dios soñó para mí algo que ni se me hubiera ocurrido pensar: China. Pero para eso me tenía que probar. Hay un proverbio chino que dice: "Si el cielo quiere castigar a alguien de manera dura, primero lo premia para ver cómo actúa cuando está feliz; y si el cielo ha destinado a alguien algo muy hermoso, primero lo prueba para ver cómo se comporta en ese momento". 

— ¿Cómo se imagina a usted mismo a los cien años? 

Recordando, como ahora.

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