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Resumen

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Vista aérea de Stanley, Islas Malvinas, el 7 de octubre de 2019. Foto: PABLO PORCIUNCULA / AFP
Vista aérea de Stanley, Islas Malvinas, el 7 de octubre de 2019. Foto: PABLO PORCIUNCULA / AFP
/ PABLO PORCIUNCULA
Por Rodrigo Murillo

En marzo de 1999, Margaret Thatcher fue a tomar el té a una casa de las afueras de Londres donde Augusto Pinochet cumplía arresto domiciliario. Frente a las cámaras, la mujer que había combatido a la Argentina agradeció al dictador la ayuda chilena de 1982, una ayuda cuyo detalle sería público décadas después: pilotos, radares y operaciones clandestinas. Al comenzar la guerra, el oficial británico Sidney Edwards viajó a Santiago para coordinar con el jefe de la aviación chilena, Fernando Matthei, en una colaboración que debía permanecer secreta. El radar de Punta Arenas vigilaba los movimientos aéreos argentinos y sus alertas permitían a los británicos prepararse para los ataques. Según contaría Edwards, Chile facilitó además una pista en la isla de San Félix, y aviones británicos pintados con insignias chilenas participaron en misiones de reconocimiento. Así pues, mientras los pilotos argentinos arriesgaban la vida sobre el Atlántico, desde el otro lado de los Andes salía información que ayudaba a sus enemigos a derribarlos. Santiago temía que una victoria argentina reabriera el conflicto del canal de Beagle y actuó en consecuencia. Claro que la colaboración tuvo también una contrapartida material: Chile recibió aviones de combate y equipos militares británicos. Diecisiete años después, frente a las cámaras, Thatcher reconocía la deuda: la escena duró apenas unos minutos. La relación que explicaba aquel agradecimiento, en cambio, venía del siglo anterior.