En víspera de las elecciones del 12 de abril, vale la pena recordar que Jesús dijo a los que habían creído en él: “Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8,31-42). Los cristianos tenemos plena libertad de elegir la opción política, económica, social, deportiva, etcétera, entre todas las que estén basadas en la verdad objetiva o en una opinión válida que proponga realizar acertadamente un plan o programa para el progreso de la nación, entre otras opiniones también válidas, pero que nos merecen menos seguridad de que sean realizables, por las razones que sean.
Obviamente debemos proceder siempre teniendo en cuenta los valores cristianos como la justicia y la caridad, la vida y la paz, rechazando la injusticia y el odio, la muerte en todas sus dimensiones artificiales (suicidio, aborto, muerte asistida, etc.) y el conjunto de medidas ordenadas a pacificar la sociedad, combatiendo de verdad la corrupción administrativa, la delincuencia organizada, la extorsión y el sicariato, así como todas las otras acciones que desobedecen los mandamientos de Moisés.
Otra cita que viene a pelo: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado” (Juan 13:34). Hay un tercer elemento que tiene un valor en la elección del voto político: la amistad, cuando va acompañada de los valores y responsabilidades del amigo. Es natural que entre dos candidatos uno elija a quien tiene más cercano, por parentesco, vecindad, compañerismo laboral o simpatía. No podemos objetar este argumento, salvo que el elegido por alguno de estos candidatos proponga un ideario materialista, marxista, anarquista, mentiroso o arbitrario, de tal manera que se anule él mismo por esas razones.
Creo que no me equivoco si añado que hay una diferencia clara entre quien tiene unos antecedentes de formación universitaria, de responsabilidad política concreta, de honradez demostrada a través de su trayectoria pública y quien es un arribista que cree que puede ser presidente porque arranca unos votos de una parte de la ciudadanía que no responde a una elección por el bien común sino al compadrazgo, el partidarismo ciego, el pago recibido, el interés de lograr un beneficio individual, la ignorancia, el desconcierto, o cuantas otras razones que hemos visto en el movimiento de las decisiones parlamentarias en los últimos años.
La campaña publicitaria de los candidatos deja cicatrices por el odio expresado por algunos postulantes y periodistas contra otros, las mentiras sobre el pasado del rival, la insistencia por denunciar un delito sin tener certeza que lo ha cometido o no, entre otras clases de engaños a la opinión pública para reducir los votos de los que van delante y subir a los que están en un segundo grupo o, ni digamos, a la cola del total de los candidatos. Una vez superada la elección hay que perdonar los agravios. Hay que pasar por alto a los intrigantes y acusadores inmorales. Es más, una vez terminada la segunda vuelta, todos deben pensar cuál es su papel en el nuevo poder político... o cuál es otro sector laboral en el que los perdedores pueden insertarse.
Como se titulaba una vieja película francesa que en su tiempo tuvo merecida fama: “Todos somos asesinos”. Pasemos la página. Pongamos, con sentido cristiano, el grano de arena que cada cual puede aportar por construir un Perú sin las lacras que estamos sufriendo, aprovechando nuestros recursos naturales para trabajar formalmente en el sector que nos toque. Solo así haremos patria.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.