Un terremoto de magnitud 8,8 en Lima será 225 veces más fuerte que el de Venezuela y 120 veces más que el de Colombia. Equivaldrá a 240.000 toneladas de TNT.
Es que se viene acumulando energía desde 1746, cuando un terremoto equivalente destruyó Lima y produjo un tsunami que avanzó bastante, ya que no había edificaciones que lo contuvieran; uno que, a su brutal retorno, formó los afilados acantilados bajo los cuales hoy transcurre la Costa Verde.
Un terremoto de esa magnitud generará un tsunami que, con el envión del mar, subirá a 18 y hasta 20 metros. Las viviendas más afectadas serán aquellas construidas informalmente sobre terrenos arenosos.
Un terremoto de estas características puede suceder hoy o en 40 años; si es entonces, probablemente será ya de magnitud 9, equivalente a 810.000 bombas atómicas como la de Hiroshima (información basada en entrevistas recientes de Hernando Tavera, jefe de Indeci, y del ingeniero experto en la materia Raúl Delgado Sayán).
Confieso que la sucesión de sismos destructivos en el mundo y en el Perú en los últimos meses es tan abrumadora que lleva a los neófitos como yo a pensar que algún vínculo hay entre ellos.
La racha empezó en el este de Rusia hace 11 meses, justamente con uno de 8,8 que hizo estragos en una zona no muy poblada. Más recientes, los de Venezuela, Colombia, Indonesia, Japón (2), España (2), Islas Sándwich del Sur y Costa Rica. Acá, en Junín y Ayacucho, y los nada desdeñables y muy recientes en Lambayeque, Arequipa, Tumbes y Moquegua.
Probablemente, no hay ningún vínculo entre ellos, pero debe ser un llamado de atención a que puede ocurrir en Lima en cualquier momento y de la monstruosa fuerza destructiva de la cual hemos dado breve cuenta.
Contra la destrucción masiva de viviendas e infraestructura no hay nada que podamos hacer. Pero sí se puede reducir de manera muy significativa la pérdida de vidas humanas.
Para ello, por supuesto, son importantes los frecuentes simulacros de terremotos y tsunamis, pero hay que ser realista: eso llega a un sector minoritario de la población de Lima y Callao; los informales con mayor riesgo están muy lejos de tener la información suficiente.
Solo una campaña gubernamental de difusión intensa y multimedia puede darles la información suficiente para salvar sus vidas cuando esto ocurra. Los medios privados están haciendo lo que pueden. Pero se requiere desde folletos que se entreguen masivamente, pasando por campañas televisivas, radiales, paneles en lugares críticos, etc. Estos deben incluir el lugar donde protegerse, las mochilas de emergencia, el uso de cascos y silbatos.
Recuerdo, como si fuera ayer, cuando se presentó Hernando Tavera en el Consejo de Ministros y nos explicó la magnitud del riesgo que había ya por entonces. Nos pidió implementar la experiencia mexicana que permite anticipar –dependiendo de la distancia– hasta un minuto la llegada de un movimiento sísmico.
Han pasado 10 años desde entonces y, para escarnio de todas las autoridades que no fueron capaces de avanzar con prontitud en algo tan urgente, el sistema aún no está concluido.
Por nuestra cercanía al mar, en nuestro caso solo podemos tener una anticipación de 12 segundos y, por ello, si bien es un avance recibir la alerta por celular, es indispensable contar con los altavoces más potentes posibles, por lo menos en las zonas más críticas y luego extenderse.
De ser así, muchísimas vidas se podrían salvar. No olvidemos que nuestra Constitución precisa: “La defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado”.