Centenario de la muerte del mariscal Cáceres, por Héctor López Martínez

“Para sus soldados, hombres humildes de los Andes, Cáceres no era solo jefe, sino también padre, amigo y confidente, con el que podían hablar en quechua”.

Héctor López Martínez
Por

historiador

hlopez@comercio.com.pe

En las primeras horas del miércoles 10 de octubre de 1923 fallecía en su retiro de Ancón el mariscal Andrés A. Cáceres. Tenía 87 años. Sus ayudantes, inmediatamente, se comunicaron con Palacio de Gobierno y con el ministro de Guerra informando sobre el doloroso suceso. A las 7 de la mañana partió de Lima un tren especial conduciendo a altas autoridades castrenses así como a un equipo de médicos que se encargó de embalsamar el cadáver colocándolo en un ataúd de acero con incrustaciones de plata quemada que se llevó desde la capital. A las 10 a.m. la comitiva fúnebre estaba de regreso en Lima. El ataúd fue llevado en hombros hasta el Círculo Militar y ya era público un decreto que disponía que a los restos del mariscal se le tributarían honores de presidente de la República. En la tarde el cadáver fue llevado a la Basílica Metropolitana y colocado en un suntuoso túmulo. Las ceremonias religiosas fueron solemnísimas y el templo estuvo repleto. El sepelio se realizó el día 13. Una gran multitud colmó las calles y acompañó al bravo guerrero hasta su última morada, la Cripta de los Héroes.

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