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El meteorito
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Estos son días de alianzas y fórmulas colectivas en el Perú. Una muestra de lo contranatural que pueden ser las nuevas alianzas en el Perú es la Mesa Directiva del Congreso. El fujimorismo no se cansó de advertirnos que Perú Libre era un partido comunista, con peligrosas filiaciones ideológicas trasnochadas, pero ahí los tienen, juntos en la Mesa Directiva sin siquiera ruborizarse. Lo mismo puede decirse de las últimas mesas directivas del Congreso, ni siquiera Fray Martín hubiese sido capaz de lograr tal compadrazgo. Si quieren imaginar cómo probablemente se geste una alianza en el Perú, vean al Congreso: transaccional y patrimonialista. No es pedir mucho ni ser cándido, sino por lo menos aspirar a que la alianza perdure y genere políticas públicas, que pueda hacer realidad su plan, es decir que al menos tenga más posibilidades de gobernar.

Así, los partidos enfrentan un dilema: necesitan un mayor capital electoral para no perder la inscripción, pues la mayoría de las proyecciones de voto más profesionales les muestra que lo más probable es que vuelvan a desaparecer para las normas electorales. Salvo dos o tres partidos como el fujimorismo, que pueden ir con el rostro descubierto pues saben que van a pasar la valla; el resto sabe que ir solos a la guerra es apostar por la propia extinción, que tener el crecimiento meteórico de Pedro Castillo en el 2021 probablemente solo le funcione a un candidato, y que ha sido muy costoso volver a entrar a la carrera para salir expectorados a la primera de intentarlo, se ahogarían en la orilla.

El asunto de las alianzas programáticas es que pueden funcionar en países con sistemas de partidos altamente institucionalizados. En países como el Perú, casi siempre han fracasado desde el regreso a la democracia. Somos un país de candidatos caudillos más que de alianzas, de outsiders más que de partidos, de héroes míticos que hacen la guerra por sí mismos antes que de bloques de consenso. Por eso nada perdura en el Perú, ni siquiera el mal.

Aquí ni Toledo ni García ni Humala necesitaron alianzas para pasar a segunda vuelta. PPK construyó una alianza gigantesca y pasó con susto a segunda vuelta, por supuesto que luego en esa coalición Martín Vizcarra terminó asestándole el puñal. Castillo no tuvo ninguna gran alianza política más que el vehículo de Vladimir Cerrón y el magisterio. La última gran alianza partidaria entre el PPC y el Apra fue un fracaso de proporciones gigantescas. Generalmente, la alianza es muestra de debilidad en las elecciones peruanas. Aquí, donde la criollada es cultura colectiva, la alianza es el recurso del que reconoce su fragilidad más que del que busca construir un gobierno sostenible. Y solo los perdedores se muestran frágiles en esta cultura política.

Pero es eso o la extinción, mejor esa alianza quimérica que la desaparición cierta. Es una apuesta muy arriesgada, pero mucho menos onerosa que no intentarla. Aunque las alianzas no hayan funcionado, es eso o contemplar al meteorito caer. Pero algunos dinosaurios preferirán la extinción, lo llevan en la sangre.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Gonzalo Banda es analista político

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