Recetas/ OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.
En el umbral de lo desconocido
“Sembrar paz en tiempos de guerra es uno de los grandes retos que posibilitará reconstruir la República del Perú”.

Historiadora
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

La degradación política y moral que vive el mundo se ha expresado, en esta última semana, con el bombardeo de una escuela en Irán, donde alrededor de 170 niñas, de entre 7 y 12 años de edad, murieron calcinadas. Este ataque brutal a la inocencia, ahora normalizado a nivel planetario, me remite al incalculable número de menores traficadas e, incluso, impunemente violadas, tal como ocurrió en Condorcanqui, Amazonas. La expresión más siniestra del horror que cotidianamente padecen los muertos en vida de nuestro afligido país, riquísimo en recursos pero paupérrimo en políticos comprometidos con su bienestar. Porque, mientras César Acuña, responsable directo del secuestro criminal de La Libertad, habla incoherencias, y el congresista Darwin Espinoza no puede ocultar que es un forajido, el Perú ingresa a un escenario mundial incierto de la mano de un Estado corroído por el robo, la ineptitud y la maldad.
Respecto a lo ocurrido en Minab, un crimen de lesa humanidad, del que son responsables tanto Israel como los Estados Unidos, van apareciendo nuevas evidencias que apuntan a datos obsoletos en el mapa de los objetivos iraníes por atacar. Esto nos lleva a una lección histórica que los humanos nos negamos a aprender. Y es que, luego de iniciada, la guerra adquiere vida propia, y lanza a sus promotores al terreno de la contingencia y de la barbarie total, lo que explica las palabras de uno de los padres de las niñas asesinadas que, con la mochila ensangrentada de su hija en la mano, se preguntaba qué hizo la pequeña —de siete años— para merecer una muerte tan atroz.
La respuesta más contundente ante el baño de sangre infantil que muchos se negaron a reconocer —e incluso dudaron que hubiese ocurrido— fue la carátula del L’Osservatore Romano, con las tumbas recién cavadas de las pequeñas mártires. De esa manera, el Vaticano intentó visibilizar la materialidad de una masacre colectiva cuyo antecedente cercano es el genocidio en Gaza, precedido por el baño de sangre perpetrado por Hamas, contra centenares de civiles, entre ellos, decenas de bebes y niños inocentes.
Bombas de “precisión despiadada”, ha denominado Pete Hegseth, secretario de Defensa de los Estados Unidos, a esos artefactos mortíferos encargados de sembrar la muerte en el Medio Oriente. Hace algunos días, en el Líbano, un sacerdote cristiano fue asesinado mientras prestaba apoyo a su comunidad durante un ataque israelí. El papa León XIV recordó en su homilía de los miércoles, la entrega y compromiso de Pierre al-Rahi para con su grey, así como también el hecho de que no existen “guerras justas” o “santas”, como muchos megalómanos se empeñan en afirmar. Porque es realmente aterrador escuchar, en este momento tan oscuro para la humanidad, que un funcionario de la primera república de la era contemporánea confiese que reza para que Dios le dé la fuerza suficiente para seguir matando en su nombre. Estamos en el territorio del horror al que se refirió el demente coronel Kurtz de “Apocalipsis Now”, y el pronóstico dista mucho de ser bueno.
¿Qué hacer para remontar tanto dolor e indignación, aparte de quejarse en las redes? John Dewey, el gran defensor de la educación pública y del “pensamiento reflexivo”, escribió, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, un ensayo que tituló “El futuro del pacifismo”, publicado en “The New Republic”. Para quien imaginó un sistema de educación con el objetivo de discutir los urgentes problemas de la cooperación cívica, la paz no es solamente un asunto a resolver entre gobiernos en conflicto, sino, específicamente, los actos que, como individuos, realizamos mediante nuestras decisiones diarias. Esto a partir de las relaciones que suscribimos en nuestras vidas privadas y las microacciones que realizamos en público. La clave, en nuestro caso particular, parte del reconocimiento de la bicentenaria cultura de la guerra, que tanto daño nos sigue causando. Sembrar paz en tiempos de guerra es uno de los grandes retos que posibilitará reconstruir la República del Perú, así como también una ciudadanía ética frente al simulacro perverso de nueve presidentes en diez años, cuando lo urgente es forjar la institucionalidad que nos impida ser devorados por los imperios distópicos de turno. Y para ello la denuncia contra la muerte que ellos portan en su ADN es fundamental. Porque cuando el amor a la vida desaparece, señalaba el argelino Albert Camus, “ningún significado puede consolarnos”.










