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Haters, por Javier Díaz-Albertini

“En la política peruana, mucho del odio es justificable porque está dirigido hacia hechos execrables”.

Javier Díaz-Albertini Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

hater

“El odio contra la maldad, entonces, es justo y necesario”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

Han sido varias semanas en las que la palabra “odio” ha dominado el escenario político. Todo comenzó con la señora K, que acusó “odio y ensañamiento” detrás de la anulación del indulto a su padre. Luego fue esgrimida cual coro griego por los representantes de Fuerza Popular para explicar lo que había detrás de la detención preliminar de su lideresa. Fue condenado, además, por varios comentaristas en los medios que exigieron diálogo entre las fuerzas políticas y los poderes del Estado. El cardenal intervino –cuándo no– también desaprobando la anulación del indulto a Fujimori, señalando que “hay personas y grupos que por ideología hacen del odio una bandera”. Finalmente, el término fue evocado de nuevo por la mandamás de Fuerza Popular, explicando que “en el peor momento de mi vida, vi que el odio y la confrontación […] dañaban a todos”.

Tantas veces se mencionó, que llegué a sentirme en medio de una convención de música pop. Así es. Desde hace varios años, a los principales cantantes del género (en sus diversas variantes; rock, hip hop, reguetón), les ha dado por criticar, denunciar y basurear en sus interpretaciones a todos aquellos que supuestamente los odian (“haters”). En la lista, hay canciones interpretadas por Kanye West, Taylor Swift, Miley Cyrus, Beyoncé, Rihanna, Britney Spears, Eminem y también se hace presente el mundo del reguetón con el “clásico mix” –justo titulado “Hater”– realizado por J Álvarez, Bad Bunny y Almighty. Casi siempre se refieren al odio que se destila por raudales en las redes sociales. Basta que una de estas estrellas haga algo público o notorio, para que sea inmediatamente atacada, maltratada y troleada.

Pero la tirria de los haters no siempre es igual a la que tiene lugar en nuestro mundo político. En primer lugar, porque la mayoría de las veces que aparecen mensajes contra estas estrellas da la sensación de responder más a la envidia antes que a cualquier otro sentimiento. En segundo lugar, porque el aborrecimiento contra estos famosos no viene por actos condenables o reñidos con la ética, sino por el encono que se siente contra la persona misma. En tercer lugar, porque es una reacción típica de la era digital, que permite ventilar toda la porquería que una persona siente con suma facilidad pero salvaguardada por la distancia y, a veces, por el anonimato.

Por el contrario, en la política peruana, mucho del odio es justificable porque está dirigido hacia hechos execrables, aborrecibles y repugnantes. Los cantos de sirena pidiendo fin al odio, plantean que es algo contrario al amor y a la unión. Esto no es siempre cierto. El que ama necesariamente tiene que odiar. Si yo amo el bien, indefectiblemente debo odiar el mal; si amo a la justicia, detesto los actos injustos. No puedo ser indiferente o apático ante aquello que destruye lo que amo.

El mejor ejemplo de esta relación amor-odio es el Dios judeocristiano, tal y como nos ha sido presentado en la Biblia. De acuerdo con las escrituras, Dios ama al justo y al bueno, pero odia y aborrece la maldad. En Proverbios 6:16-19, se nos indican con claridad las siete cosas que Dios aborrece, casi todas íntimamente ligadas a la injusticia. ¿Cuáles son? Pues, la altivez, la mentira, la persona que derrama sangre de inocente, la que maquina cosas malvadas e injustas, la que corre hacia el mal, la que comete perjurio y la que “siembra discordia entre hermanos”. Una lista que, en gran parte, parece describir el comportamiento de muchos de nuestros políticos.

Debe quedar claro que estamos hablando, entonces, del legítimo odio del justo. No de aquel que es utilizado por los crueles, soberbios, envidiosos, cuatreros, abusivos y explotadores para aborrecer. En estos casos, abominan por el desprecio que sienten hacia los demás. Es un odio totalmente desligado de lo más positivo de la condición humana.

El odio contra la maldad, entonces, es justo y necesario. No es la fuerza disruptiva que tanto critican los que más han contribuido a dividirnos como peruanos. Por el contrario, es parte de la cruzada de los ciudadanos que aman al país y justo buscan que los peores actos que obstaculizan nuestro bienestar como sociedad democrática sean atacados y extirpados.

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