En los próximos días la señora presidenta Keiko Fujimori viajará a El Salvador por invitación del mandatario Nayib Bukele. La señora Keiko Fujimori va a mirar con esmerada atención las políticas de seguridad desplegada por Bukele, quien es odiado por las ONGs y quien tiene línea directa hacia Donald Trump, pero no al movimiento MAGA, ese enorme paraguas que agrupa a un ecosistema diversos y que hoy muestra facciones irreconciliables entre tecnológicos y conservadores.
Keiko irá al país de Bukele buscando legitimar sus últimas decisiones de gobierno, entre la creación de un comando unificado. Es la típica estrategia de la política externa con ojo en la interna. 8 de cada 10 peruanos admiran a Bukele y su nombre debe estar entre los más buscados en las redes sociales en el Perú. Excandidatos presidenciales, regionales y municipales reclaman -cada uno a su manera- su influencia; aunque Nayib no lo sepa y jamás lo sabrá. La sombra de Bukele se extiende por todo Centroamérica hasta Tierra del Fuego. Es uno de los presidentes hispanos con más influencia en el mundo. Sus reels son vistos con especial admiración en la sierra sur peruana, tan dable a la “mano dura”
Llevada por sus asesores Keiko visita a Bukele, probablemente, sin olvidar que su padre, Alberto, fue el arquitecto de un nuevo país en los primeros años de la última década del siglo pasado. Sus profundas reformas sociales y económicas cambiaron por completo el Estado y la cultura política. En otras palabras; derrumbó el antiguo régimen de la economía estatal descontrolada y sobre sus escombros edificó un nuevo Estado promercado y liberal. Un peruano de hoy que haga un viaje a la década de 1980 del siglo pasado no reconocería a ese país. Como aquella vieja anécdota del cineasta Miguel Littin escrito por la genial pluma de García Márquez cuando llegó a Chile. Littín creyó ver una Uganda y descubrió que la Chile de Pinochet se encaminaba más a un país del este de Europa que a uno africano.
Bukele ha triunfado porque derrumbó el antiguo Estado y desde allí ha edificado uno nuevo en fondo y forma, pero sobre todo cercano a su imagen. Es un Estado que conserva, a pesar de lo que digan sus adversarios internos como externos, los contrapesos liberales y una prensa que lo ataca día y noche. No es el Estado policial que tan solo fronteras más allá, el sandinismo ha logrado construir expulsando a curas y escritores.
Las imágenes de las fuerzas armadas que llevan a hombres groseramente tatuados, soldados rasos y oficiales de la criminalidad de las maras, no explican lo que sucede en El Salvador de Bukele. Es sencillo: Bukele no podía triunfar sobre los cimientos del Estado que Arena, los democristianos y los “farabundos” habían organizado sobre las miles de tumbas de salvadoreños con la potente industria de la corrupción de fondo que carcomió el sistema. La única explicación para que Bukele haya triunfado es que reformó ese Estado, botó a policías, jueces y fiscales, y recompuso el sistema judicial, político y electoral.
No es que todo lo anterior haya sucedido sin excesos. Claro que las hubo. Pero ese nuevo Estado que erigió Bukele le permitió triunfar en su guerra contra la criminalidad y las maras.
Cuando Keiko se reúna con Bukele es probable que este le diga que no puede triunfar con el Estado del “antiguo régimen” que heredó del castillismo; y por tanto debe hacer reformas sustanciales que transformen de cabo a rabo las estructuras estatales. En el detalle, vale indicar que Keiko no puede hacer las reformas estatales con la oposición de una mayoría de diputados y con ese elefante en la vidriería que es Renovación Popular, su aliado en el Senado.
Bukele, en suma, es un proyecto de modernización nacional con sus luces y sombras; es el nuevo Estado que se hizo con sus reformas, atacadas por sus adversarios. Sin reformas sus políticas anticriminales no habrían sido exitosas.