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Los ojos del padre Ugo, por Hugo Coya

“El padre Ugo entendió que su auténtica misión en la Tierra era intentar que sus sufrimientos infantiles no se repitan en otros”.

Hugo Coya Periodista

Tazza

“Han pasado 42 años desde que el sacerdote salesiano Ugo de Censi comenzó su peregrinaje por nuestro país”.

De pronto, aquel hombre afable que mezclaba algunas palabras del italiano con el portugués y el español irrumpió en ese pueblo que casi seis años después de un terremoto devastador aún no comenzaba siquiera a recuperarse. Sus ojos vivaces y azules se abrieron de par en par al constatar la profunda miseria de aquel lugar de Áncash al que lo habían enviado sin mayores señas.

Allí pudo contemplar a unos niños descalzos y hambrientos que corrían por las polvorientas callejuelas sin asfaltar o deambulaban por los campos rumbo a ninguna parte. Ese paisaje humano lo remontó entonces a sus primeros años de vida cuando en su natal Polaggia conoció el hambre y las penurias económicas junto a sus cuatro hermanos. En el seno de su propia familia había luchado contra la tuberculosis, enfermedad que se llevó a su madre cuando aún era muy joven y que tampoco lo perdonó, obligándolo a vivir con este mal durante una buena parte de su existencia.

Estaba deslumbrado por la belleza del paisaje y al mismo tiempo aterrorizado por el abandono que contemplaba a su alrededor, tal como recuerdo que me lo contó, cierta vez que tuve la oportunidad de entrevistarlo. Me dijo que, al principio, algunos pobladores lo miraban con cierta desconfianza y él también a ellos.

Tenía 52 años y corría el año 1976 cuando lo nombraron párroco de Chacas y, claro, por la dureza de su vida parecía mucho mayor. Si bien estaba entusiasmado con el encargo, poco o nada conocía de ese lugar incrustado en el Callejón de Conchucos y supuso que dicha misión se trataría apenas de una breve escala en su carrera pastoral.

Pero muchas veces tomamos decisiones que cambian para siempre nuestro destino. Al encontrar su propio reflejo en las caras de esos niños, decidió consagrarles su vida, proponiéndose que ellos no sufrieran las mismas carencias que él padeció.

Casi dos años después, le pidió a un maestro cusqueño que restaurase las piezas dañadas de arte colonial de la parroquia que tenía a su cargo y este le informó que su trabajo demoraría varios años, situación que aprovechó para fundar un pequeño taller de tallado para que los jóvenes de la zona pudieran aprender y a la vez ayudarlo.

Poco a poco, el taller se volvió escuela, permitiendo que los años se volvieran décadas y que miles de personas aprendieran a leer, escribir y por las tardes se dedicasen al tallado y a la carpintería. Todos, incluyendo el sacerdote, estaban sorprendidos por el descubrimiento del talento innato que poseían esos jóvenes, un hecho que le granjeó fama nacional e internacional. Sus obras comenzaron a venderse en la capital y fuera de nuestras fronteras.

Han pasado 42 años desde que el sacerdote salesiano Ugo de Censi comenzó su peregrinaje por nuestro país y se volvió en una gran fuente de inspiración para centenares de jóvenes italianos y de otras nacionalidades. Muchos se sumaron a su noble y solidaria causa.

No cabe duda de que el ser humano aprende de múltiples maneras, pero no existe ninguna más poderosa que el ejemplo. En un mundo donde las luchas se tornan intestinas y las lealtades e influencias son cada vez más efímeras, son raros los casos de aquellos que admiramos a lo largo del tiempo porque se adueñan de nuestro afecto y nos impulsan a querer ser como ellos.

El padre Ugo se convirtió en un auténtico referente y, bajo su guía, la operación Mato Grosso acumula ahora nada menos que 110 casas de acogida en Bolivia, Brasil, Ecuador y Perú con al menos 500 misioneros, muchos de los que dejaron sus bienes y familias para emularlo. Hoy la obra que emprendió es reproducida en otros rincones del mundo.

En una de las ocasiones que conversé con él, se acordaba con nitidez de ese primer momento en que llegó a Chacas, de las dificultades que tuvo que enfrentar al principio y la forma en que el Perú se le impregnó en la piel, poco a poco, como un tatuaje que jamás pudo borrar. Quienes lo conocieron de cerca aseguran que desde que recibió la nacionalidad peruana en el 2007, sacaba de cuando en cuando el documento nacional de identidad solo para lucirlo con orgullo.

La noche del domingo pasado partió y la congoja unánime que provocó nos demuestra el cariño que despertó y el tamaño de la abnegada labor que desplegó. Todas las parroquias que estaban bajo su batuta repicaron esa noche las campanas durante 15 minutos ni bien se conoció la noticia y de inmediato se celebraron misas en su honor en las primeras horas de la madrugada del lunes. Las banderas se izaron a media asta en varios pueblos andinos.

No se trataba de la clásica lisonja ante el fallecido, sino apenas una muestra de la gratitud y admiración colectiva a un hombre que ayudó a tantas personas, que entendió que su auténtica misión en la Tierra era intentar que sus sufrimientos infantiles no se repitan en otros y con ello nos otorgó un gran bálsamo pletórico de esperanza en la humanidad.

En medio de la Cordillera Blanca una luz incandescente se ha apagado, pero la semilla de ese fuego permanecerá en la obra del padre Ugo, un clérigo que predicó con el ejemplo, un ser humano entregado al prójimo, en definitiva, un hombre de su tiempo que trascenderá a su época y se quedó en los corazones de los peruanos.

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